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    El Lado Oscuro de Susana - Parte 10

    El primer día como mascota lejos de su Ama, Joss se dio cuenta de lo duro que realmente iba a ser.

     

    Los aros que aprisionaban su pene vibraban con una intensidad realmente alta y mantenían su pene erecto de forma constante. Ir a trabajar con aquello le supuso todo un esfuerzo.

     

    Por lo menos, cuando conseguía concentrarse en el trabajo, podía olvidar por unos minutos su erección.

     

    Aquella mañana, al levantarse, había solicitado permiso a Susana para ducharse y para orinar. Le había dado para lo primero, pero no para lo segundo. Joss ni siquiera se planteaba a la posibilidad de desobedecerla, así que se había colocado los aros, se había duchado y salió para el trabajo.

     

    Al entrar en la oficina, vio que Susana ya estaba allí, sentada en su sitio, junto al suyo. Miró su espalda mientras avanzaba hacía su lugar, su pelo claro y ensortijado e imaginó como sería acariciarlo y olerlo. Aquello le excitó, su pene ya erecto se aplastó contra su ropa interior.

     

    Entonces desvió la mirada de ella, recordó sus ordenes, todo debía seguir tal y como estaba la semana anterior.

     

    La necesidad de orinar se había vuelto realmente intensa. Su bajo vientre ardía y lo notaba ligeramente hinchado. Había pensado volver a solicitar permiso a Susana al llegar al trabajo pero ahora, allí sentado junto a ella, dudó. Su Señora no había contestado a su petición, así que debía tener una buena razón, o quizá sólo lo había olvidado. Pero repetir su petición ahora podía significar una ofensa. Confiaba en su Señora, para él era una Diosa, no podía fallar. Si no le había dado permiso expreso sería por algo. Molestarla de nuevo sería, en el mejor de los casos un insulto. Y, en el peor, algo mucho más grave, pues habría supuesto que ella se había equivocado.

     

    Conforme avanzaban las horas y la necesidad de orinar se tornaba en dolor, Joss comprendió que lo realmente duro de aquellos días no iba a ser controlar la excitación provocada por los aros, ni someterse a la voluntad de Susana. No, lo peor de todo sería ignorarla.

     

    Tenía a su Señora sentada al lado pero debía actuar con frialdad, como si no se conocieran. Continuar con la relación que mantenían hacía unos días, cuando apenas se saludaban por la mañana al llegar y por la tarde al marcharse.

     

    Joss únicamente deseaba estar con su Señora, estar junto a ella, mirarla, adorarla, su deseo iba mucho más allá que la atracción sexual. Sentir su presencia junto a él durante una hora era más valioso que días de sexo sin pausa.

     

    Pero ahora se veía obligado a ignorarla, apenas podía mirarla. Ni siquiera podía dirigirse a ella si no era a través de un mensaje de móvil. Y eso sólo para solicitarle permisos.

     

    La sensación de soledad, de pérdida, era mayor de lo que podría haber imaginado. En su vida había sufrido pérdidas sentimentales y había sufrido dolor, pero nunca tan intenso como el que sentía ahora. Separado de su Señora y forzado a ignorarla.

     

    Por otro lado, Susana no era la persona que mejor caía entre sus compañeros. Hasta ahora nunca le había importado oírles criticarla, pero ahora esas críticas se le clavaban como dardos.

     

    Era cierto que Susana en el trabajo no mostraba su mejor cara. De hecho solía comportarse un tanto distante con sus compañeros. Aquello hacía que no fuese la persona más popular. Pero ahora que Joss había visto a la verdadera y maravillosa Susana le resultaba realmente difícil soportar las críticas hacia ella.

     

    Pese a todo, aguantó como buenamente pudo. Tras varias horas, cuando la necesidad de orinar era insoportable y ya pensaba que se orinaría encima, sonó su teléfono móvil. Al abrirlo vio que tenía un mensaje de "Mi Señora" en el que le daba permiso para orinar.

     

    Su primer impulso fue girarse hacia ella para agradecérselo, pero enseguida recordó, con una punzada de dolor en el corazón, que no podía dirigirse a ella, ni mirarla, ni hacerle ningún gesto. Así que simplemente se levantó y salió al servicio.

     

    El día transcurrió lento y doloroso para Joss. Cuando finalmente llegó la hora, Susana se levantó si siquiera mirarle y dijo un seco "Hasta mañana" dirigido a nadie en especial.

     

    Joss no pudo resistirlo más y la miró de reojo. Sólo alcanzó a ver su espalda al marchar. Se sintió hundido. Nada, ni siquiera una mirada, un gesto, un mensaje, nada. Lentamente, se levantó y se marchó.

     

    Ya en casa, se desvistió. Su ropa interior estaba húmeda debido al líquido preseminal. Al quitársela, su pene dio una sacudida, súbitamente libre después de todo el día aprisionado. Entonces se puso un pantalón de deporte, ancho. Sentía el pene súper excitado y dolorido debido a la compresión que había sufrido, así que no quería volver a aprisionarlo con la ropa interior.

     

    Al cabo de un rato, sonó el timbre de la puerta de la calle. Joss contestó y oyó una voz de mujer.

     

    - Vengo a ver a la mascota de Susana. - Joss se sobresaltó. No reconoció la voz, pero ser llamado así desde la portería de su propia casa le inquietó. Cualquiera podría haberlo oído. No obstante, pulsó el botón y abrió la puerta.

     

    Entonces recibió un mensaje en el móvil. Su corazón dio un nuevo vuelco al ver que la pantalla marcaba "Mi Señora". Abrió el mensaje y leyó: "Sara Ruiz. Número de empleada: 350.210".

     

    Se sintió extrañado durante unos segundos. Pero luego se tranquilizó. Si la mujer que subía coincidía con los datos enviados por Su Señora la dejaría pasar sin dudar ni un segundo. Él no cuestionaría a Susana, sólo obedecería.

     

    Mientras esperaba junto a la puerta, se dio cuenta que no llevaba ropa interior y que su pantalón de deporte se abultaba empujado por su pene erecto. Corrió a su habitación y se puso ropa interior.

     

    Al oír picar a la puerta, miró por la mirilla y vio unos dedos que sujetaban frente a la mirilla una tarjeta con el logo de la compañía de teléfonos. Nombre y número coincidían con el mensaje de Susana.

     

    Abrió la puerta y vio a una mujer alta, vestida con un mono de trabajo de la compañía telefónica. Aquel mono impedía que Joss se hiciese una idea aproximada del tipo de cuerpo que tenía la mujer. Llevaba el pelo negro recogido dentro de una gorra. En aquellas condiciones la cara le pareció agradable.

     

    La mujer le miró de arriba a abajo, entró y cerró la puerta.

    - Así que tú eres la mascota de Susana. - Dijo la mujer animosamente. Oír aquellas palabras de voz de un extraño, pronunciadas con toda naturalidad, hicieron que Joss comprendiese su situación con mayor claridad.

     

    Hasta ahora sólo había estado con Susana, su situación de mascota sólo era conocida por Susana y él mismo. Pero ahora, al oírlo de labios de un tercero fue consciente de lo serio que era. Era real, era la mascota de Susana. Pensar en Su Señora, en Su Diosa nombrándole su mascota personal hizo que sintiese una abrumadora ola de responsabilidad.

     

    Comprendió que aquello era algo más que sólo servir los deseos de Su Señora. Ella no estaba aquí, pero él seguía siendo su mascota. Y Susana debía seguir siendo honrada. Ante cualquiera y en cualquier situación.

     

    - Eres guapo - dijo la chica - y debes tener algo especial - al decirlo le miró la entrepierna - para haberte convertido en su mascota. Susana no es un Ama a la que se pueda satisfacer fácilmente.

    - Mi único propósito es servir a Mi Ama, señora. - La chica sonrió.

    - Ya, como el de todos. N hace falta que me llames señora, sólo llámame Sara.

    - Muy bien, Sara. Mi Señora me avisó de tu llegada. Cualquier deseo tuyo lo consideraré un deseo directo de Mi Señora. - Sara volvió a sonreír al oír aquello.

    - No hay duda que estás bien entrenado. - Sara caminó pasillo adelante sin decir nada. Con ella arrastraba una maleta de trabajo con ruedas. En el comedor de la casa, abrió la maleta.

    - Susana me envía para hacer dos cosas: Primero, debes darme las llaves del piso. Haré una copia para Susana. - Mientras hablaba, sacó una máquina y la colocó sobre la mesa.

     

    Joss la miró sorprendido. ¿Las llaves de su casa? ¿Dárselas a una desconocida?

     

    - Tranquilo - Dijo Sara, como habiendo oído sus dudas - Susana no es el líder de ninguna secta que te exige tu casa. Eres su mascota y ella debe tener acceso las 24 horas del día a ti.

     

    Joss olvidó cualquier duda. Cogió las llaves y se las entregó. Era la mascota de Susana. Así como la caseta de un perro no tiene puerta para su dueño, su propia casa no podía tener puerta para Susana.

     

    Sara comenzó a trabajar con la máquina que había sacado de la maleta e hizo un duplicado de las llaves de Joss. Cuando terminó le devolvió los originales y guardo las copias en un bolsillo de su mono de trabajo.

     

    Entonces sacó de la maleta varias cámaras pequeñas y las dejó sobre la mesa.

     

    - Mi segunda tarea - Dijo Sara - es colocar web cams por toda tu casa. Emitirán en directo por internet a una dirección encriptada a la que tiene acceso Susana y las personas que ella considere oportuno.

     

    Joss miró las cámaras y pensó en lo que aquello significaba. Sara sacó de la maleta varias herramientas de trabajo y comenzó a colocar las cámaras.

     

    - Como mascota - dijo mientras trabajaba - lo primero que le has entregado a Susana es tu libertad. - Dijo lanzando una mirada al móvil de Joss. - Ahora le vas a entregar tu intimidad. Serás observado las 24 horas del día, cada aspecto de tu vida grabado en video.

     

    Aquello le excitó. Su principal preocupación era estar lejos de Su Señora. Tener que ignorarla y ser ignorado por ella durante los días de trabajo. Pero aquello le hacía sentir que la tenía cerca. Saber que su amada Señora le observaba le hizo sentir orgulloso.

     

    - No tengo ningún secreto para Mi Señora. - Dijo Joss. Sara sonrió y siguió trabajando.

     

    Entonces Joss reparó en algo que no había pensado. Si Susana podía observarle en cualquier momento, aquello le obligaba a llevar una vida modélica. Cada instante podía ser observado por Susana, lo que implicaba que debía ser la mascota ideal cada segundo de su vida. Se prometió a si mismo que Susana nunca, jamás, tendría motivo para no estar orgullosa de su mascota.

     

    ¿Y qué importaba si alguien más le observaba? Él era la mascota de Susana y aquello era un orgullo mayor que cualquier otra cosa. Si alguien le observaba sólo podría sentir envidia de su posición. Susana le había elegido a él y no había Mujer o Diosa con la que el prefiriese estar.

     

    Joss se dio cuenta que Sara instalaba las cámaras en lugares estratégicos. Como había dicho, no habría un centímetro de su vida sin grabar en video. No obstante, Sara había camuflado las cámaras de manera perfecta. Si no sabías que estaban allí, nadie las vería.

     

    - Por cierto - Dijo Sara al terminar, mientras recogía sus herramientas - las cámaras tienen micrófono. No sólo serás observado, sino también escuchado. Quizá también recibas instrucciones a través de ellos.

     

    - Estoy a las ordenes de Mi Señora. - Contestó Joss.

     

    Sara sonrió y, repentinamente, besó los labios de Joss. Éste retrocedió sorprendido.

     

    - Me debo a Mi Señora, Sara. - Ésta sonrió burlona.

    - ¿Aunque Susana no te deje tocarla jamás?

    - Sólo necesito estar cerca de ella, la idea de tocar a Mi Señora es indigna de mí.

    - ¿Aunque no te deje correrte jamás?, ¿Aceptarás no tocar a ninguna mujer, ni correrte?

    - Por estar a sus pies, aceptaría no volver a eyacular nunca.

     

    Sara, sonriendo, acabó de recoger sus cosas y se dirigió a la puerta.

    - Si eso que dices es realmente cierto, entiendo porqué Susana te ha elegido.

    - Lo juro por mi Diosa Susana.

    - No me lo creo. - Dijo Sara, súbitamente seria. - Pero es indudable que Susana debe de haber entrevisto algo de verdad en eso si te ha elegido. Puedes creerme, no conozco otra Señora más caprichosa con la elección de una mascota.

     

    Entonces se fue. Joss se volvió hacia la casa vacía. Se sentía observado. Estuviese ahora mismo o no, Joss sintió los adorables ojos de Su Señora sobre él.

     

    Como aquellos campesinos medievales que sentían la mirada justiciera del Señor las 24 horas del día, Joss sentía la mirada de su Diosa.

     

    Pero, al contrario que aquellas gentes ignorantes, él no sentía miedo. Sólo responsabilidad y orgullo. Su Señora le miraba a él, no a otro. Y él haría que lo que miraba la complaciese.

     
      Posted on : Oct 19, 2012
     

     
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