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    El Lado Oscuro de Susana - Parte 07

    Susana se sentía nerviosa, y odiaba aquella sensación. Siempre había sido una mujer tranquila, segura de sí misma, pero ahora dudaba. Externamente mantenía el tipo, en pié firme con los brazos cruzados sobre su pequeño pecho miraba a Joss.

     

    Pocos esclavos habían llegado hasta aquel punto. Prometer obediencia y aguantar unos cachetes era fácil. Pero en Joss había visto algo más, no era solo el hecho de que su pene llevase casi un día entero en erección, era la forma en que sentía que la miraba, era la adoración que notaba por su parte. Podía sentir el efecto que su mera presencia tenía en él. Una serie de sensaciones que no había tenido con casi nadie.

     

    Y estaba la pequeña Susana, claro. La inocente, enamoradiza, aquella jovencita que hacía tiempo estaba oculta en lo más profundo de ella. Con Joss había aparecido de nuevo, la notaba excitada, ilusionada. ¿Sería Joss el esclavo que había esperado tanto tiempo?

     

    Pero la Susana fuerte, decidida, despreciaba a la otra, a la que consideraba débil y estúpida. Se sentía realmente complacida con Joss, pero el hecho de que la otra Susana tuviese razón la hacía enfurecer. En cierto modo deseaba que Joss fallase, deseaba tener la razón, deseaba confirmar que los hombres eran brutos estúpidos y que ninguno la merecía.

     

    ***

     

    Joss la miraba quieto, disfrutando de su sola presencia. Todavía no entendía muy bien el magnetismo de aquella mujer, pero se sentía feliz cerca de ella.

     

    Entonces Susana extendió la mano derecha hacia él, con la palma hacia arriba. En ella había un pequeño lazo de cuero negro. Era fino y pequeño. Junto a él había un aro de goma, muy pequeño. Joss lo miró unos segundos.

     

    - Coge el lazo de cuero. - Dijo Susana secamente.

    - Sí, Mi Señora. - Contestó Joss mientras cogía el lazo. Al hacerlo sus dedos rozaron levemente la piel de Susana. Joss sintió como si una descarga eléctrica recorriese su cuerpo. Su piel se tornó en piel de gallina, sus pezones se endurecieron y su pene vibró sobreexcitado.

    - Colócate el lazo en los testículos, por debajo del pene.

     

    Joss la miró un instante antes de responder "Sí, Mi Señora". El lazo era muy pequeño. Joss rodeó sus testículos tal y como le indicaba Susana, pero para cerrar el lazo tuvo que apretar fuerte.

     

    Gimió cuando sus testículos fueron aprisionados y convertidos en una bola firme y dura, pero la visión de Susana mirándole seria despejó sus dudas, apretó y cerró el lazo.

     

    - Ahora, coge el aro de goma.

     

    Joss lo cogió. Sentía sus testículos doloridos, el escroto presionaba contra sus testículos y formaba la forma de las dos pequeñas bolitas. Sin embargo se sentía excitado. Su pene vibraba de tanto en tanto con pequeños espasmos. Gotitas de liquido preseminal manaban de su hinchado glande.

     

    El aro de goma era muy estrecho, apenas entraría en su dedo gordo. La goma se dilataba su hacía fuerza, pero era gruesa y dura.

     

    - Colócalo alrededor de la base del glande. - Dijo Susana secamente.

     

    Joss la miró un segundo. Dudó. La goma podría dilatarse, pero la presión sobre su grueso pene sería brutal. Miró a los ojos de Susana, a través de los cristales de sus gafas. Jamás podría defraudarla.

     

    Forzó el aro de goma para que pasase a través de su glande. Tuvo que hacer fuerza y obligar al aro a rodar sobre su piel. Finalmente lo soltó justo bajo el glande.

     

    Al soltarlo, Joss gimió. El aro ahorcó la cabeza de su pene de forma brutal. Su glande se hinchó y escupió un chorrito de liquido preseminal.

     

    Su corazón latía con fuerza. Le dolían los testículos y comenzaba a sentir una quemazón en su glande. Su pene daba pequeños saltitos al ritmo de los latidos de su corazón.

     

    Joss miró a Susana. Pese al dolor, se sentía satisfecho de haberla obedecido. Esperaba una mirada cómplice, un asentimiento satisfecho. Pero Susana se volvió indiferente.

     

    - Sígueme. - Dijo.

     

    Joss comenzó a caminar tras ella. Para su propia sorpresa, aquel desprecio no le afectó negativamente. Antes al contrario, se sintió orgulloso. Caminó tras ella muy erguido, con su pene y testículos ardiendo. Susana era su Señora y él debía hacerse merecedor de sus atenciones.

     

    Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, Joss todavía no había accedido a aquella parte de la casa. Finalmente, atravesaron una puerta.

     

    Joss miró alrededor y no pudo contener una exclamación. Aquella habitación parecía sacada de un salón sadomaso. Decorada como una mazmorra, disponía de todo tipo de elementos bondage.

     

    En un principio le pareció que las paredes eran de piedra, aunque tras una mirada más atenta, se dio cuenta de que estaban pintadas para simular piedra. También pintado sobre las paredes, Joss vio todo tipo de escenas bondage.

     

    Las paredes estaban decoradas, además, con múltiples elementos bondage. Látigos, paletas y fustas de todo tipo. Ataduras y mordazas diversas. Además, había algunas estanterías y armarios cerrados.

     

    En el techo pudo ver múltiples argollas y, en medio de la habitación lo que parecía un plinto de madera, pero cuya parte superior acababa en un filo de no más del ancho de su dedo meñique.

     

    - Es el trabajo de muchos años, consiguiendo cosas poco a poco. - Dijo Susana dándole la espalda y observando la habitación.

     

    Joss pudo notar el orgullo en la voz de la mujer. Supo que adoraba aquella habitación y que había trabajado mucho para conseguirla. Sintió un súbito orgullo. Él estaba allí, en aquella habitación, con su Señora. En el lugar del que ella se enorgullecía. Imaginó escenas bondage con Susana y sintió como su pene llegaba al punto de excitación máxima, al borde del orgasmo.

     

    - Para mí es un privilegio estar... - comenzó a decir Joss. Pero Susana se volvió hacia él y le cortó.

    - Debes saber que puedes irte cuando quieras. - Dijo muy seria.

    - Deseo estar aquí, Mi Señora. Satisfacerla. - Susana hizo un gesto de desprecio.

    - Pocos esclavos han llegado hasta aquí. Y ninguno ha salido de la habitación tras de mí. Todos se han rendido.

    - Mi Señora, yo... - Susana continuó hablando como si él no hubiese dicho nada.

    - Promete obediencia es fácil para vosotros los machos. Vuestro cerebro está en el pene. Pero debes saber que ahí dentro no encontrarás sexo. No me verás desnuda, ni siquiera en ropa interior.

    - Usted es mi Señora. No busco sexo, sólo su satisfacción. - Joss la miraba fijamente a los ojos, muy serio.

     

    Susana lo miró un instante, pensativa. Entonces se volvió y empujó con él pié un taburete de madera que había junto a una pared. Lo colocó frente a Joss. Era de madera, Joss pesó que parecía directamente salido de una película de la inquisición. Todo en aquella habitación tenía ese aspecto antiguo de mazmorra.

     

    - Arrodíllate. - Dijo secamente - Coloca los testículos sobre el taburete.

     

    Joss comprobó que la superficie plana del taburete quedaba justo un poco sobre sus testículos. Así, al colocarlos sobre el taburete, quedaban forzados hacia arriba. Eso, junto a la cinta que los aprisionaba, hacía que fuesen una bola firme y totalmente expuesta sobre la madera.

     

    Su pene, erecto y con el glande hinchado y presionado, apuntaba hacia el techo orgulloso y con pequeñas gotas de liquido preseminal recorriendo su superficie.

     

    Entonces Susana se dirigió a un armario y sacó un trípode y una cámara de video. Cuidadosamente la colocó en una esquina desde la que podía captar perfectamente a Joss.

     

     

    Éste se inquietó. ¿Iba a grabarle?, ¿Quedaría su sumisión plasmada en una película? Joss dudó, si alguien le viese, si ese video llegase hasta algún conocido...

     

    - ¿Te avergüenzas de mí, esclavo?

     

    La pregunta de Susana le cogió por sorpresa. Por un momento se sintió confuso, hasta que al fin respondió.

     

    - Mi Señora. No podría...

    - Puedo ver claramente tus dudas. - Dijo Susana. - Me hablas de respeto, de tu intención de complacerme. Pero dudas ante la idea de que alguien más se entere de tu sumisión.

     

    Joss bajó la mirada avergonzado. Se dio cuenta de cómo había fallado. Se sentía muy seguro de sí mismo, orgulloso de las tareas que había realizado hasta ahora. Pero en el momento de la verdad, había fallado sin siquiera enterarse.

     

    No podía describir el grado de adoración que sentía por Susana, pero al ver la cámara lo primero que pensó era en que nadie se enterase. Había fallado, perdido todo lo ganado hasta ahora. ¿Podría recuperarlo?

     

    ***

     

    Susana lo miraba sinceramente defraudada. Aunque una parte de ella se alegraba por haber derrotado a esa tonta de Susana, la inocentona que había pensado que aquel estúpido podría ser alguien especial.

     

    Estaba dispuesta a echar a patadas a aquel necio sin escuchar siquiera sus gimoteos suplicantes, cuando sucedió algo insólito que jamás habría esperado.

     

    Vio como Joss apartaba la mirada de ella avergonzado, durante unos instantes miró al suelo como aturdido y entonces dijo.

     

    - Mi Señora. Susana. No puedo disculpar la falta que he cometido. No puedo permanecer aquí después de este insulto. No merezco estar junto a usted. Me iré inmediatamente.

     

    Susana lo miró más sorprendida que nunca. Estaba acostumbrada a lloriqueos y suplicas. Había despedido a muchos esclavos y todos reaccionaban igual. Pero aquello. Joss iba a dejarla avergonzado por su acción. Sentía el grado de atracción y sumisión que tenía aquel chico. Y, pese a ello, iba a realizar el sacrificio supremo. Iba a dejarla a causa de su vergüenza.

     

    Por única vez en su vida, las dos Susanas se pusieron de acuerdo. Joss podía ser el hombre que habían estado esperando. Un hombre cuyo compromiso era tal que estaba dispuesto a dejarla a causa de una falta que había cometido de forma inconsciente.

     

    - No irás a ninguna parte. - Dijo Susana cuando Joss comenzaba a levantarse. El hombre la miró sorprendido. - Tu falta será perdonada.

     

    Jamás Susana había visto una mirada de mayor satisfacción y alivio. Si hasta ahora la miraba con deleite y adoración, Susana comprobó que acababa de alcanzar el rango de deidad.

     

    - Mi Señora - comenzó a decir con voz temblorosa - Le prometo que jamás volveré a defraudarla.

    - Eso espero - Dijo Susana secamente. Había pasado el momento de la sorpresa y volvía a su papel de indiferencia para con su esclavo. - Tu falta no será olvidada. Como esclavo estás marcado. Esta falta te perseguirá siempre y faltas aparentemente leves que le serían perdonadas a otros esclavos, no te lo serán a tí.

    - No puedo expresar mi gratitud, Mi Señora. Porque no la merezco.

     

    Como si no le hubiese escuchado, Susana se volvió hacia la cámara y la conectó.

    - Tu sumisión será grabada y la distribuiré entre amigos y la comunidad domfem.

    - Y yo estaré orgulloso de poder decir que es usted Mi Ama. - Susana lo miró fijamente mientras hablaba.

    - No te confundas, estás muy lejos de poder considerarte mi esclavo. - Mientras hablaba, cogió una fusta de cuero, larga y fina.

     
      Posted on : Oct 19, 2012
     

     
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