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    El Lado Oscuro de Susana - Parte 04

    Susana observó complacida mientras Joss tendía la ropa. Mientras lo miraba, se dio cuenta de algo que no había observado en ningún otro de sus esclavos. Era la delicadeza con que trataba su ropa interior.

     

    El chico manejaba su ropa como si fuese a desintegrarse entre sus dedos, lenta y delicadamente la cogía del cesto y la colocaba en las cuerdas de tender. La mujer notaba como el pene del chico reaccionaba al tacto de su ropa. Cuando cogía una prenda con sus manos el pene daba un pequeño respingo.

     

    Ella era consciente del grado de excitación en el que estaba Joss, y aquello la complacía. Se sorprendió considerando que nunca había estado tan sorprendida con ninguno de sus anteriores esclavos. Por un momento volvió a considerar si Joss sería aquel al que había estado esperando desde siempre. La Susana inocente y romántica asomaba de nuevo con su débil vocecilla.

     

    Entonces se enfureció. La Susana perversa y despiadada consideraba aquello un insulto. Paradójicamente consideraba los éxitos de sus esclavos como ofensas personales. Aquello la llevaba a ser dura y caprichosa, quizá demasiado. Quizá tanto que ningún esclavo tenía la opción de satisfacerla.

     

    - Mi Señora, he terminado. - La voz la sobresaltó ligeramente, se enfureció y con un arrebato de furia golpeó los testículos de Joss con la fusta. A veces se quedaba ensimismada en esa lucha interior entre su lado perverso y su lado inocente. Y el echo de que Joss la sobresaltase en uno de esos momentos la había enfurecido, lo consideraba una muestra de debilidad. Furiosa le golpeó de nuevo.

     

     

    El chico gimió y se inclinó ligeramente hacia adelante, pero se mantuvo firme, sujetando el balde vacío con las manos.

     

    - Deja eso en el cuarto de baño, estúpido. - Dijo enfurecida. Observó como se alejaba y sintió una ligera punzada de arrepentimiento. Le había golpeado sin motivo, sólo por rabia, no había hecho nada para merecerlo.

     

    - Es mi esclavo, lerda, le golpearé cuando y cuanto quiera. - Susana murmuró las palabras en voz baja. Odiaba su parte sensible, y odiaba que se manifestase tan a menudo. Normalmente no solía sucederle, normalmente podía mantenerla enterrada. ¿Porque aparecía tanto ahora?, ¿Nuevamente era culpa de Joss?

     

    - ¿Así que te gusta Joss? Sólo es un bruto, como todos. Sólo desea penetrarnos, montarnos como si fuésemos yeguas. - Susana murmuraba mientras miraba su propia imagen en un espejo del salón. - Y te lo demostraré, no dejaré que nos vuelvan a hacer daño por culpa de tu estupidez.

     

    ******

     

    Joss dejó el balde en el cuarto de baño. Notaba sus testículos a punto de estallar, aquella locura le volvía loco. Apenas lo entendía, pero no podía parar. Una parte de él le chillaba que se largase de allí, que dejase a esa pirada con sus chorradas. Todavía podría llegar a tiempo de alcanzar a sus amigos para irse de fiesta.

     

    Pero no podía. Sentía como si Susana emanase un campo magnético que le mantuviese cerca, con su pene furiosamente erecto.

     

    - Sígueme, esclavo. - Joss se giró y vio a Susana caminar pasillo adelante.

     

     

    La siguió hasta su dormitorio. Era amplio, una enorme cama dominaba la habitación, la pared izquierda estaba cubierta por un armario empotrado y la derecha era un gran ventanal. Una pequeña puerta junto al armario empotrado daba a un baño.

     

    A los pies de la cama Joss vio una esterilla de perro. Por un momento pensó que Susana le iba a obligar a dormir allí, en el suelo y a sus pies, como un perro. Una parte de él se excitó ligeramente, la otra continuaba diciendo que aquello era absurdo y que saliese pitando de esa casa.

     

    - Ni lo sueñes. - Dijo Susana, viendo como Joss miraba la esterilla. - Eres mi esclavo, no mi mascota. Aún te falta mucho para demostrar que puedes ser mi mascota. Colócate firme, con las manos a la espalda, a los pies de mi cama. - Joss hizo lo que le ordenaban.

     

    - Como mi esclavo, velarás mi sueño. Te mantendrás firme ahí hasta mañana. A las 7 en punto me despertarás. ¿Has entendido, esclavo?

     

    Joss asintió con la cabeza mientras pensaba que aquello era absurdo, no podría estar toda la noche de pié. Un fuerte golpe de fusta en los testículos cortó sus pensamientos y, repentinamente, supo que había fallado.

     

    - Estúpido esclavo - exclamó Susana golpeándole de nuevo - Te advertí - Tercer golpe - Que debías - cuarto golpe - llamarme - quinto golpe - Mi Señora - El sexto golpe fue especialmente duro y Joss se inclinó hacia adelante gimiendo.

     

     

    - Perdón, Mi Señora - Joss gimió, el dolor apenas le permitía hablar.

    - ¿Cómo dices? - Susana levantó la voz. Estaba furiosa, aquel bruto le había faltado al respeto. Pero, en el fondo, Susana percibía a la débil Susana, la estúpida, la enamoradiza, susurrando que había sido sólo un fallo, un descuido. - Ponte firme! - Gritó.- Joss obedeció y Susana le golpeó de nuevo.

    - Perdón, Mi Señora - Dijo Joss con voz firme, sobreponiéndose al dolor punzante que sentía.

     

    Susana le golpeó dos veces más y, cuando iba a golpearle de nuevo, se detuvo. Se dio cuenta que se había dejado llevar por la ira y se odió por ello. Nuevamente se había mostrado débil ante su esclavo. Debía ser fría y calculadora, siempre lo era. ¿Por qué ahora no? Decidió que pensaría sobre ello en otro momento. Se giró y se metió en el baño a prepararse para meterse en la cama.

     

    Joss se mantuvo firme, con los testículos ardiendo. Había notado la furia excesiva de Susana, había visto como se dejaba llevar y le golpeaba cegada por ella. Pero él había fallado. ¿Cómo pudo olvidar llamarla Mi Señora?, Merecía aquel castigo. Deseaba satisfacerla y haría lo que fuese para conseguirlo, pero ese tipo de errores no podían consentirse.

     

    Mientras así pensaba, otra parte de él seguía diciendo que aquello era una tontería. Aquella mujer estaba loca, le haría sufrir y, lo peor de todo, estaba seguro que no había sexo a la vista.

     

    Cuando la puerta del baño se abrió, Susana salió de él vestida con un camisón largo. Joss pensó en una película del oeste, el camisón le llegaba hasta los tobillos y era de manga larga. Pese a lo poco sexy, Joss se sintió excitado. Era su presencia, su actitud, la forma de moverse lo que le excitaba.

     

    Susana se acercó a Joss y se colocó delante de él. En la mano tenía dos anillos vibradores. Sin siquiera mirar a Joss, la mujer colocó el primer anillo en la base del pene de Joss, el segundo lo colocó alrededor de su glande.

     

    Sin decir nada, ignorándole por completo, Susana se metió en la cama y apagó la luz.

     

     

    A oscuras Joss se sintió como un objeto, totalmente ignorado por Susana. Le había colocado los anillos sin mirarle ni darle explicaciones. Anillos que, por cierto, no vibraban. Sin embargo, se sentía excitado. Recordó lo que le había dicho la mujer hacia varias horas. Sus genitales no le pertenecían. Pertenecían a Susana, ella podía hacer lo que quisiera con ellos. En la penumbra, miraba el pequeño bulto que formaba la mujer en la cama y sintió que la amaba. Sintió que haría lo que fuese para conquistarla, sería su esclavo más fiel.

     

    Entonces los anillos comenzaron a vibrar furiosamente. Su pene se hinchó a punto de eyacular. Por un segundo pensó que eyacularía y cubriría la cama de Susana de semen. Cerró los ojos y apretó los dientes. No podía eyacular. Susana no le había dado permiso. Claro que tampoco se lo había prohibido expresamente. Pero Joss no estaba dispuesto a cometer más errores. Resistiría.

     

    Durante un rato que pareció eterno, los anillos vibraron furiosamente. Joss resistió como buenamente pudo hasta que, repentinamente, la vibración cesó. Aquella fue una larga noche. Los anillos se encendían y se apagaban aleatoriamente. Eso, y la propia presencia de Susana, hicieron que su pene se mantuviese erecto toda la noche.

     
      Posted on : Oct 14, 2012
     

     
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