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Susana nunca se había considerado una mujer especialmente hermosa. Tenía treinta y muchos años, tres hijos y era bajita, delgaducha y con gafas. Eso, unido a un peinado poco moderno la hacía parecer una mujer algo mayor de lo que realmente era.
No obstante, no desconocía sus propios atractivos. Pese a que jamás la habían considerado la más hermosa, ni en el instituto, ni en la universidad, ni en el trabajo, tenía ese algo que hacía que los hombres, tras una primera y rápida ojeada la descartasen. Pero que, tras cierto tiempo de contacto con ella, sintiesen una actracción, quizá sólo morbosa, pero realmente atrayente hacia ella.
Aún y sabiendo que tenía este "efecto retarado" en algunos hombres, no dejó de sorprenderla que el chico nuevo la mirase constantemente.
Susana trabajaba como jefa de un nuevo proyecto en una empresa de transportes. Tenía varias personas a su cargo y sabía que no caía bien en general. No estaba segura de porqué, quizá por ese agrio caracter cuyo que de tanto en tanto le salía, pero desde que comenzó a trabajar en este lugar, su relación con los demás se había ido deteriorando. Le trataban bien, le sonreían cuando hablaba con ellos, pero sabía que realmente a casi nadie le caía bien.
No es que le importase en realidad, pero esto hizo que la actitud del chico nuevo la sorprendiese aún más.
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Joss llegó a aquella oficina junto a otros compañeros. Trabajaba para una empresa de servicios que había sido subcontratada por la gente de Susana. Eso convertía a aquella mujer en su jefa.
Como solía pasar con Susana, cuando Joss la vió por primera vez apenas la tuvo en cuenta en el aspecto sexual. Era una mujer bajita y delgada con cara de ratilla rematada con unas gafas poco atractivas. Además, tanto su peinado como la forma de vestir podían considerarse casi puritanas.
Pese a que no parecía hacerlo a propósito, tampoco parecía demasiado amable. La idea general entre los compañeros es que no sabía tratar a la gente y, en consecuencia, no caía demasiado bien.
A Joss le asignaron la mesa adyacente a la de Susana. Entonces el tiempo y la cercanía hizo que ese "algo" que poseía Susana comenzase a afectarle.
El cuerpecillo pequeño y delgado de Susana comenzó a parecerle el de una duendecilla. A veces, cuando se inclinaba o algún gesto hacía que el pantalón se ajustase a sus nalgas, Joss comprobaba que tenía un bonito trasero. Su cara de ratilla comenzó a parecerle adorable y sus pequeños pechos, deliciosos.
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Susana notaba como Joss la miraba cuando pensaba que no le vería, notaba su comportamiento cuando hablaban. A él le gustaba que Susana le hablase y le mandase tareas. Era algo que ella podía sentir, así como sentía todo lo contrario de casi todos los demás.
Joss era un chico atractivo, más de 10 años menor que ella, y eso es lo que a ella le sorprendía. Pese a que no la sorprendía que algún hombre se sintiese atraido por ella, sí lo hacía que fuese uno joven y atractivo.
Durante un tiempo disfrutó de sus miradas, se sentía bien sintiendo sus ojos sobre su cuerpo, le divertía ver como Joss la miraba de reojo cuando ella pasaba por delante o cuando se inclinaba sobre la mesa.
El chico parecía majo y algo tímino, Susana se preguntaba qué haría si supiese que ella se había dado cuenta de sus atenciones. Y si supiese lo que se escondía tras su aspecto puritano y recatado.
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Joss estaba obsesionado con Susana, no podía dejar de mirarla y, cuando se masturbaba, siempre acababa descubríendose pensando en ella. Poco a poco comenzó a sospechar que ella sabía que la miraba. Varias veces creyó verla mirarle de reojo con una media sonrisilla, cuando él la estaba mirando.
El era realista y sabía que aquella mujer nunca podría estar con él. Madre de 3 hijos y casada. Además, con el aspecto puritano que tenía, Joss estaba seguro que haría el amor una vez al mes y gracias.
En sus fantasías ella descubría sus miradas y se lanzaba sobre él. Pero bien sabía que aquellas cosas solo pasaban en su mente agitada por la masturbación o en las películas porno.
Aunque quizá, y por una vez, la fantasía podría no solo hacerse realidad, sino ir más allá de lo que cualquier pajillero pudiese imaginar.
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Susana sabía que Joss se sabía descubierto.Durante un tiempo había estado "cazándole" cada vez que él la miraba. Sus miradas se cruzaban cuando ella se agachaba para coger algo en un cajón y él le miraba el trasero. Joss volvía la vista rápidamente avergonzado. O cuando ella pasaba por delante de él y el la miraba alejarse, entonces Susana se volvia y le pillaba mirándola.
Todo el mundo la consideraba una puritana estúpida y ella no hacía nada por eliminar esta consideración. Ya le estaba bien esta situación, siempre lo había estado. Nadie nunca sospecharía de ella, nadie nunca lo había hecho.
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Un día Susana se dirigió a Joss y le pidió ayuda con unas tareas. Joss no se negó, por supuesto, aunque sabía que aquel marrón no le dejaría salir a la hora. Por la tarde, todos se fueron y Susana y él se quedaron trabajando. Joss no había pasado por alto la semejanza de aquella situación con alguna de sus fantasías. Mucho más tarde, recordaría este momento con una frase en su cabeza "Ésto no suele pasarme a mí!".
Joss trabajaba en un informe cuando Susana se acercó y se sentó sobre su mesa. Suavemente acarició su cara. Joss se sobresaltó y la miro sorprendido.
- Apuesto a que jamás habrías podido soñar con que sucediese algo así. - Dijo sin dejar de acariciar su cara.
Joss pensó que, bueno, en justícia sí había soñado con algo así, pero decidió que entendía lo que Susana pretendía decir y solo pudo asentir. Entonces vió como Susana sacaba una tarjeta con una dirección en ella y la dejaba sobre su mesa.
- Ven el viernes por la tarde, después del trabajo. - Entonces besó suavemente sus labios. Joss sintió la pequeña boca de rata de Susana y, cuando se disponía a sacar su lengua, Susana se retiró y se puso repentinamente serie. - Pero te aseguro que nunca podrías imaginar lo que te espera si vienes. Soy una mujer infinitamente más compleja de lo que este aspecto de puritana reprimida da a entender.
Y, diciendo ésto, Susana recogió sus cosas y se fué. Joss quedó un rato sumido en la más absoluta sorpresa y preguntándose si se habría quedado dormido y habría soñado todo ésto. Pero el papel con la dirección allí estaba, testigo mudo de que no había sido un sueño.
Joss lo cogió, se lo guardo y se fué a casa.
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