|
Mi relacion con Diana estaba pasando por su mejor momento. Mi trabajo me tenia ocupado la mayoria del tiempo, viajando de un lado para otro del país, y esto estaba destruyendo mi situación sentimental.
Los dos primeros años de relacion fueron salvajes en lo sexual, recuerdo que follabamos varias veces al día.
Poco a poco la rutina y los años hicieron que los encuentros eróticos fueran cada vez más espaciados, el cansancio, el trabajo, el bebé... hasta que llegamos a un punto en el que dejamos de hacerlo, al menos entre nosotros.
Mi empleo me hacia estar mucho tiempo fuera de casa, al principio traté de mantenerme alejado de tentaciones sexuales, pero mi voluntad es muy débil... caí en sus redes. En cada ciudad en la que hacia noche acababa con una prostituta en mi habitación, al finalizar el acto me sentia culpable, sucio, miserable...yo queria a Diana, la amaba, pero... no podia evitarlo, necesitaba ese momento de extasis que es el orgasmo para seguir adelante.
Un día decidí confesárselo, decirla que la amaba con todo mi alma, pero que la habia sido infiel con mujeres que no significaban nada para mi, solo un mero desahogo físico que torturaba mi cerebro.
Llegué a casa de madrugada, muerto de miedo por su posible reacción, ¿me dejaría?...
Al entrar estaba todo a oscuras salvo la pequeña luz de nuestra habitación, un ruido rítmico provenía de ella, me acerqué de modo sigiloso y pude ver a Daniela, mi Daniela, follando junto a dos hombres que yo no conocía. Ella lanzaba pequeños suspiros y gemidos que contrastaban con los bufidos que daban los dos machos que estaban en la cama. Estuve un rato mirando desde la rendija de la puerta como aquellos tipos estaban jodiendo a mi querida esposa... ella estaba sobre sus rodillas y manos y ellos uno debajo y otro encima metiendo sus vergas en los dos agujeros de Diana. Me fijé en su cara de puro gusto y entonces comprendí lo que tenía que hacer.
Abri la puerta de la habitación y los dos tipos salieron corriendo como alma que lleva el diablo. La cara de Diana cambió por completo por una de auténtico terror. Lentamente me acerqué a mi mujer, me senté a su lado en la cama, acaricié su pelo algo húmedo por el sudor y la besé en los labios, me despedí con un "te quiero".
Subí al coche y conduje durante un rato, entré en el primer club de carretera que encontré y elegí a una prostituta para tener el mejor sexo que habia tenido en años sin sentirme culpable.
|