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El hotel no está mal. Lo descubrí por casualidad de camino a otro hotel que ya me habían recomendado, pero decidí probar suerte para no caminar más de lo necesario. Había habitaciones, precio no mayor a 250. Ciertamente mi clase de hotel.
Saqué la lista y contacté a la chica. Me contesta una voz de una mujer que se adivina mayor. Sin afán de ofender a las mujeres maduras (dice la sabiduría popular que las mujeres son como los vinos, el tiempo mejora su "sabor"), pero conociendo las triquiñuelas que existen en este mundo prefiero que no sea ella quien me atienda.
La mujer desconfía. Insiste en saber de dónde obtuve el número. Le cuesta creer que conserve una nota de un anuncio de periódico ya desaparecido. Aún así el trato se hace. Debo esperar a la chica.
Pasa media hora. Tocan a la puerta. Ciertamente no es lo que esperaba. Según la mujer que me atendió tenía dos opciones: una güera de buen pecho o una chica apiñonada. Elegí a la apiñonada. La chica en el umbral es castaña, bustona, pero gordita y tiene de apiñonada lo que yo tengo de sueco.
La dejo pasar y empieza a halagarme (y a cobrarme, pero eso no me incomoda). Su voz chillona no le ayuda en nada a sonar un poco más atractiva mientras pregunta la razón de que un chico tan guapo esté solo en un hotel de paso. Prefiero no profundizar en respuestas, mi paranoia me lo impide.
Una vez que los billetes están en su cartera se me acerca de manera traviesa. Puedo oler aún la humedad de la ducha en su cuerpo y el aroma del jabón y el shampoo. Ella toma la iniciativa y me besa con pasión. Es un buen beso cachondo, pero lo disfrutaría más sin esa singular mezcla saborizada de chicle, alcohol y fuerte humo de tabaco.
Busco besar su cuello y sus mejillas para tomar aire y descansar de ese horrendo sabor, sin embargo su piel sabe a shampoo. En mi mente cobra fuerza la teoría de que ella es la que recibe las llamadas y decidió tomar el "caso" dado que no pudo conseguir a ninguna de las otras dos chicas.
Ella comienza a desvestirme, luego ella se quita la ropa y me enseña sus pechos. Son turgentes, con una aureola oscura y concentrada. En definitiva pechos dignos de verse. Me deja chuparlos. Me gusta sentir sus pezones semi erectos (salvo por el sabor a shampoo contra la caspa).
Me pone un condón que sacó de su bolso. Es hora del plato fuerte. Le quito la tanga y ella me muestra su vagina. Es velluda. La penetro despacio y siento su calor y humedad. Comienza la primera posición, ella de a perrito conmigo de pie. Se siente regular, no soy alguien que se excite completamente sólo con la presencia de carne.
Ella pretende estimularme con sus gemidos y sus frases donde me pide que la coja más duro, que soy un perverso. Después de que repite las mismas cosas la quinta vez más que prenderme, me distraen.
Le pregunto si me la puede chupar. Ella se lo mete a la boca dos veces y después se monta sobre mi (lástima, mi actual fantasía es que una chica me haga venir con su boca). Aprovecho la ocasión para saciarme de nuevo en sus pechos aderezados con jabón.
Nueva posición: los dos de costado. Ella sigue gimiendo y tratando de hacerme sentir como un travieso. Mi miembro está erecto, pero estoy todavía a años luz de venirme. Decido intentar una vez más el perrito.
Su trasero es bonito, podría disfrutarlo por un rato, sin embargo no puedo dejar de pensar si tendrá una cuerda en la espalda de la cual se pueda tirar, puesto que no deja de repetir las mismas frases un y otra vez.
Ella interrumpe la faena: tiene ganas de orinar. La verdad ni me molesta y ni me importa... intenté involucrarme más besando su espalda, pero de nuevo me recibió el inconfundible sabor a shampoo.
Ella vuelve a la cama y se tumba completamente, yo me extiendo sobre ella sin salirme y continuo con fuerza. Comienzo a sudar copiosamente, pero del orgasmo ni sus luces. Decido volver a tenerla sobre mi, ella sugiere el cowboy inverso.
Se monta sobre mí dejándome ver su culo. Su pared vaginal roza la cabeza de mi miembro, estimulandolo. Sin embargo aún me falta para llegar. Decido usar el último recurso: miro fijamente su culo e imagino que es el de una amiga a la cual he deseado cojer por años. Sus gemidos agudos casi me hacen perder la concentración, pero finalmente llega esa sensación familiar.
Mi miembro dispara su carga en el condón mientras sigo dentro de ella. Dejo que ella siga sus movimientos un instante para disfrutar y recuperar el aliento.
Sin embargo ella dice que sabe que ya me vine. Me gustaría interrogarla acerca de esas habilidades, lo cual me demuestra que fue sólo sexo por compromiso, que realmente no lo disfruté.
Ella se viste, yo también. Me retraso lo suficiente para que ella salga primero. Aprovecho para preguntarle sobre si hay otras chicas de donde ella viene En efecto, me dice que hay una rubia pechugona y una morena apiñonada, lo cual sólo incrementa mi sentimiento de insatisfacción.
Se despide muy amable, no le deseo el mal, pero tampoco es como si hubiera obtenido lo que buscaba. Me visto con calma, salgo del hotel con la intención de comprar un refresco o algo de sabor fuerte para sacar el humo de cigarro que ella compartió tan entusiasta conmigo (me tomará casi dos litros de refresco lograrlo en parte).
Escribo esto antes de perder el hilo de los acontecimientos, sin embargo me siento como si me hubiera acostado con un bar. Mi piel huele a esencia de shampoo y aún tengo ese sabor a exceso de lipstick, menta y cigarro rancio.
Lo más seguro es que regrese con las masajistas, sólo para quitarme el mal sabor de boca. Sólo mis finanzas decidirán cuándo será eso. Mientras, he de meditar si decido arriesgarme otra vez y tratar de conocer a alguna de las otras dos chicas que, cuenta la leyenda, atienden en el mismo teléfono celular.
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