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La
chica perfecta (IV) : La revelación
Antes de empezar,
quiero decir que este relato y los anteriores sólo tienen en común
a su protagonista, la bella Iria. Para descripciones suyas, dirigirse también
a los anteriores relatos.
Cuando
tenía 16 años, fui con mi clase a esquiar a tierras andorranas.
Nos alojamos en un hotel que no estaba nada mal (¡bastante pasta
nos costó!), decorado como si fuera una cabaña de invierno.
La planta baja era ideal para hacer fiestas, y en las de arriba estaban
los dormitorios. Tuve la mala suerte de tocarme dormir solo, pues éramos
un número impar de chicos, así como de chicas. Y hablando
de chicas: ella había venido.
Ya
hacía casi un año que estaba obsesionado con Iria, y aún
no me la podía quitar de la cabeza. Hablaba con los colegas sobre
ello, pero sabía que nunca habría solución a mi problema:
era una chica que jamás podría estar dentro de mis posibilidades.
Sobre todo porque en todo el curso no había cruzado más que
un par de palabras con ella. Estoy seguro de que ni siquiera se acordaba
de mi nombre.
Había
pasado el primer día de esquí, así que me encontraba
muy cansado. Sin embargo, mis amigos montaron una fiesta en la planta baja.
No había alcohol, pues los profesores rondaban por allí,
pero nos lo pasábamos bien. Yo estaba tomando una coca-cola al tiempo
que charlaba con los amiguetes cuando Iria, vestida con unos pantalones
rosa ajustados y un ceñido top blanco (su ropa preferida pues, por
mucho frío que hiciese, siempre procuraba llevar lo mismo), se acercó
al grupo y empezó a entrar en la conversación, como si tal
cosa.
Empecé
a tener mal cuerpo; sólo me bastaba estar cerca de ella para que
mi nerviosismo aumentara sobremanera. Así que, sin más, me
di la vuelta y me marché en dirección a mi habitación.
Mis
amigos no se dieron cuenta, pero Iria sí.
- ¿Qué
le pasa a vuestro amigo? Siempre que me ve, escapa.
Los
colegas intercambiaron miradas, pero ninguno se decidió a hablar.
- ¿Tan
tímido es?
A esta
pregunta sí que respondieron.
- ¡Tímido!
¡Je! ¡Cómo se nota que no lo conoces, Iria! ¡Es
el más atrevido de todos!
- ¿Por
qué, entonces, no quiere coincidir conmigo?
Nadie
contestó.
- ¿Le
he hecho algo malo?
César,
mi mejor amigo, tragó saliva y contestó.
- Te
quiere mucho, Iria. Eso es lo que pasa.
La
adolescente se sorprendió y se quedó con los ojos abiertos.
Otro gran amigo mío le dio la puntilla.
- Ya
lleva casi un año locamente enamorado de ti. Ya sabes, el amor no
correspondido.
Iria
tomó un trago de coca-cola y habló.
- Gracias
– pasó su mirada por mis dos amigos que habían contestado
–. Muchas gracias, chicos.
Dicho
esto, se fue.
Llegué
a mi habitación y me tumbé en la cama. Después de
unos instantes de reflexión, comencé a quitarme la ropa.
Me puse mi inseparable pijama y me lavé los dientes. Acto seguido,
me acosté. Sin embargo, me levanté a los pocos minutos, pues
hacía mucho frío. Cogí una manta del armario y la
coloqué. Por fin, me quedé dormido pensando, cómo
no, en mi amada Iria.
Un
ruido me despabiló. Miré el despertador: las tres de la madrugada.
Todavía medio dormido, encendí la lamparita de al lado de
la cama y miré hacia la puerta. Lo que vi me dejó absolutamente
flipado.
- ¿Te
importa? Es que no me gusta dormir sola.
Vestida
con una camisa sin sujetador y unas braguitas, Iria se metió en
mi cama. Mi cara debía ser todo un poema.
La
bella adolescente se colocó a un lado de la cama, dándome
la espalda. En esos momentos noté que estaba completamente mudo,
que el cuerpo me temblaba y que mi polla había alcanzado un estado
de dureza impensable.
Durante
un largo minuto permanecí quieto, sin mover un solo músculo.
De repente, Iria se me acercó un poco, así que tuve que hacer
gala de unos extraordinarios reflejos para que mi erectísima polla
no rozara siquiera su cuerpo. Sorprendiéndome aún mas, Iria
me cogió los brazos e hizo que la cogiera de la cintura, al tiempo
que me decía:
- ¡Uf,
qué frío hace! Será mejor que nos juntemos para darnos
calor.
Parpadeé
varias veces, comprendiendo que no era un sueño. Levanté
un poco la mirada y comprobé que la manta se había caído:
por eso tenía tanto frío. Sabía que no podía
levantarme a poner de nuevo la manta; no con esa brutal empalmada.
Habían
pasado ya unos cuantos minutos, y yo me caía de sueño. No
iba a dormirme ni de coña, pero cerré un poco los ojos para
descansar. En una de estas, sin quererlo, me quedé traspuesto. Cuando
me desperté, vi a Iria acurrucada contra mi pecho y mirándome
dulcemente. Suspiré aliviado cuando comprobé que, aunque
seguía teniendo la polla igual de dura, no tocaba para nada a mi
amada.
- ¿Sabes?
Un pajarito me ha dicho que te gusto...
Me
quedé helado como un témpano, así que sólo
pude asentir levemente. Sin embargo, permanecí cuán piedra
cuando Iria, de repente, bajó su mano hasta mi polla y la agarró
durante un par de segundos.
- ¿No
me digas que esto es por mi culpa? – soltó una risita y dejó
de agarrarme la polla.
Seguro
que se me puso la cara como un tomate, además de acelerárseme
el corazón hasta su velocidad máxima. Pero, súbitamente,
Iria se coló entre las sábanas y me bajó los pantalones
con suma destreza. Aprovechando que me quedé paralizado, me los
quitó de un tirón y los tiró lo más lejos que
pudo. Por fin, me digné a hablar:
- Pe...
pe... – tragué saliva –¿Pero qué estás haciendo?
Se
volvió a acurrucar como si tal cosa y me habló.
- ¿Por
qué no me dijiste antes que me querías?
Comprendí
que sería inútil preguntarle de nuevo por qué me había
quitado los pantalones.
- Tienes
novio...
Se
acercó un poco y me dio un ligero beso en los labios; luego, volvió
a su posición inicial.
- Tonto...
Estoy con él para no estar sola, nada más.
Me
quedé unos instantes en blanco, así que ella siguió
hablando.
- Tú
también me gustas, jovencito. A veces, en clase, me mojo pensando
como me haces el amor poco a poco... – los ojos se me abrieron como platos
al escuchar sus excitantes palabras –. Sin darme un solo segundo de descanso...
Volvió
a acercar sus labios a los míos, esta vez por más tiempo.
Me besó dulcemente mientras quitaba las sábanas. Cuando terminamos
ese gran beso, contempló mi polla en todo su esplendor.
- Apuesto
a que cada vez que me ves se te pone así de poderosa, ¿me
equivoco?
Asentí
y ella bajó su mano para acariciármela. Un escalofrío
de gusto me recorrió por todo el cuerpo, al tiempo que la agarraba
fuertemente. Cuando empezó a masturbarme lentamente, dejé
escapar un gemido de placer. Ella puso la palma de su mano en mi frente
y me calmó:
- Shhh...
Disfruta del momento...
Iria
comenzó a mover mi miembro suavemente, con parsimonia. La sensación
de gusto era increíble, parecía toda una experta. Otras en
su lugar habrían ido a mil por hora y ya me habrían hecho
venirme, pero Iria era especial...
La
rubita adolescente me bajaba todo lo que cubre mi aparato y dejaba al descubierto
la cabeza, de la cual ya salían unos hilitos de líquido preseminal
que ella desparramaba con sus deditos por todo el capullo. Al poco rato
me lo soltó y me dijo que siguiera yo, pero que no eyaculase todavía.
Se
acostó a mi lado y pasó sus manos por mis huevos. Yo paré
de masturbarme, pues ya estaba a punto de caramelo.
- ¿Crees
que estoy cachonda?
Sonreí,
pues ya me había acostumbrado a este tipo de situaciones.
- Estás
buenísima, Iria.
Soltó
una risita y me acarició la polla.
- Gracias,
pero... ¿qué es lo que más te gusta de mí?
Me
atreví a acariciarle un muslo, a lo que respondió con una
sonrisa.
- Todo.
Posó
su mano sobre la mía.
- Venga,
mójate un poco – repitió la pregunta –. ¿Qué
es lo que más te gusta de mí?
No
sabía qué contestar, así que me quedé tan cual.
Iria, adoptando una expresión de niña enfadada, se levantó
y se puso al pie de la cama.
- Mírame
bien y después contesta, ¿vale?
Se
paseó como una modelo por toda la habitación, y en una de
estas la verdad es que casi me corro: ¡la chica de mis sueños
estaba posando para mí en braguitas y camisa! Aparte de esto, con
solo recordar que me había hecho una paja hacía que me pareciese
que estaba en el paraíso.
Realmente,
Iria era fantástica: sus pechos se mostraban tentadores tras la
camisa, y sus suaves braguitas ocultaban unas nalgas redondas y paraditas
que cualquier hombre se volvería loco por tocar.
- ¿Aún
no te has decidido? – me miró y comprobó que estaba embobado
con su belleza –.
A lo
mejor necesitas verme más de cerca...
Ante
mi asombro, Iria cruzó los brazos y se quitó la camisa. Se
llevó las manos al pelo para colocárselo un poco y me extasié
con la vista de sus sugerentes senos. La bella adolescente se sentó
encima de mi estómago, quedando sus nalgas a pocos centímetros
de mi erecta polla.
- ¿Te
gustan mis pechos?
Contesté
con un “sí” entrecortado, a la vez que Iria me cogía las
manos y las apoyaba en sus senos.
- Siéntelos,
mi amor...
Empecé
a sobárselos y a comprobar lo suaves que eran. Al ver que no iba
mas allá, Iria me alentó.
- ¿Te
gustaría jugar con mis pezones? Son todo tuyos...
Levantándome
un poco, me llevé uno de sus pezones a la boca. Noté como
se iba endureciendo al contacto con mi húmeda lengua, y además
aprovechaba para pellizcarle el otro. Iria suspiraba intensamente debido
a mis expertas acciones. A los pocos minutos, la rubita se desplomó
sobre mí y me besó con ganas.
- Dime
lo que quiero oír...
Le
acaricié levemente los senos y contesté:
- Me
encantan tus tetas...
Dicho
esto, me besó con ganas renovadas.
- Ahora
quiero oír lo que me quieres decir...
La
miré extrañado; Iria sonrió y me acarició la
polla.
- Venga,
campeón...
La
sujeté de las nalgas y contesté con un susurro:
- Quiero
que me hagas una mamada y te bebas todo mi esperma caliente.
Iria
sonrió ampliamente y bajó para encontrarse cara a cara con
mi empinado instrumento.
Cogió
mi polla de la base y me susurró:
- No
creo que aguantes mucho...
Dicho
esto, se la metió enterita en la boca.
A pesar
de su juventud, Iria sabía darle infinito placer a los hombres.
Por lo menos a mí... La verdad es que me estaba haciendo una
mamada sensacional. Casi sin poderlo remediar me corrí entre jadeos
y solté una cantidad exultante de esperma. Iria lo tragó
casi todo, y lo que se escapó de su boca se depositó en su
linda cara, dándole un aspecto muy erótico.
- ¿Te
ha gustado?
Suspiré
y me relajé.
- Eres
fantástica...
Se
quitó las braguitas y acercó su depilado coño a mi
boca. La visión de su conejito me produjo una nueva erección.
- Ahora
te toca a ti...
Apliqué
mi lengua sobre los labios menores de su rajita y empecé a lamer
rítmicamente. Iria aprovechaba para balancearse, pues la muy zorrita
quería acercar aún más su coño a mi lengua.
La adolescente estaba en la gloria, se estaba volviendo loca de gusto.
- ¡Ohhh,
sí, cariño, sigue! ¡Qué lengua tienes, qué...
qué maravilla!
Al
rato, Iria se corrió intensamente. Se volvió a tumbar sobre
mi pecho y, de nuevo, me besó con ganas.
- Te
quiero...
Le
devolví las palabras y nos besamos con aún más pasión.
Descansamos
un poco, y luego Iria volvió a la carga. Se contoneó como
una gatita y abrió al máximo sus piernas. Con una mano abrió
su rajita, se chupó un dedo de la otra y se lo metió con
parsimonia. Ya introducido, la mano que antes estaba abriendo su chorreante
coñito se disponía ahora a masajear su clítoris. Esa
visión tan sublime hizo que me empezara a masturbar casi sin quererlo.
- Apuesto
a que te gustaría follarme...
Asentí
con la cabeza, e Iria cambió de posición. Se puso a cuatro
patas y empezó a frotarse el coño.
- Sí,
te gustaría metérmela hasta el fondo...
Yo
no resistí más: con gran destreza, me acerqué a ella
y se la metí. En ese momento no pensaba ni en el condón ni
nada por el estilo: sólo deseaba tirármela una y otra vez.
Y
así fue, para mi alegría. Estuve un rato largo follándomela
hasta que se corrió. Después, lo hicimos en la posición
típica del misionero, y se volvió a correr. Ella me dijo
que me quería hacer disfrutar al máximo, así que se
puso arriba y me cabalgó. Esta vez no pude aguantarme más,
así que me corrí dentro de ella. Casi llegamos al orgasmo
mutuo, pues al sentir mi leche en sus entrañas también se
corrió. Y eso no fue todo: nos levantamos y la apoyé contra
la pared, casi empujándola, y me la follé con ganas. Extenuados,
nos duchamos juntos. Se me ocurrió la maquiavélica idea de
masturbarla con el chorro de la ducha, y así lo hice.
- ¡Sí,
sí, me corro, me corro! – todos sus músculos se tensaron
y apareció el orgasmo más maravilloso de toda su vida – ¡Ummmfff,
ahhh, yaaaggg!
No
era de extrañar: el chorro de una ducha tibia en su coño
y una lengua en su clítoris era demasiado.
Los
días siguientes fueron sensacionales: esquiábamos juntos,
comíamos juntos... Incluso cuando íbamos una vez en el teleférico
y se paró (realmente, se paraba muchas veces) me dijo que si quería
que me hiciese una mamada. Yo le dije que claro que sí, y ella me
bajó los pantalones y empezó a chupármela. El teleférico
se puso de nuevo en marcha, pero Iria no paró hasta hacerme correr.
Me vine en su boca y le ofrecí un pañuelo para que se limpiase.
- Eres
la chica perfecta, ¿lo sabías?
Se
paró de nuevo el funicular. Ella sonrió y se quitó
los pantalones.
- Lo
sé, pero también tengo mis necesidades.
Le
bajé sus braguitas y le comí el coño hasta que se
retorció de placer. Y, como el aparato seguía parado, aprovechamos
para follar. Al sentirnos observados por los integrantes de los otros teleféricos,
nos dio un morbo impresionante y nos volvimos a correr.
- ¡Fóllame!
Así, así... métemela hasta el fondo, por favor...
Al
llegar al hotel, y como era nuestra última noche, Iria se desnudó
y se puso a cuatro patas de espaldas a mi. Se metió un dedito por
el culo y me susurró:
- Tengo
un regalo para ti...
Me
quedé estupefacto.
- Te
dejo que me lo hagas por el culo.
Ella
mismo se lo preparó, ensalivándoselo y metiéndose
un par de dedos. Se la metí de un tirón y estuvimos así
un largo rato. Al correrme dentro de ella, por primera vez gritamos los
dos al unísono.
Después
de este viaje, no volvimos a hacer el amor.
Relato de Fisha.
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