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Felisa Y Los Negros
(relato)
Felisa abrió la carpeta para comprobar la dirección antes de llamar al timbre. Trabajaba como inspectora de cierto organismo del ayuntamiento de su ciudad, que se dedicaba a facilitar alquileres asequibles para familias o individuos con dificultades económicas. El programa funcionaba ofreciendo ciertas ventajas a los propietarios que quisieran arrendar sus viviendas a través de dicho organismo: la cobertura de determinados riesgos en caso de impagos, deducciones y otras ventajas fiscales, etc... Las más de las veces dichas familias solían ser inmigrantes, y en ocasiones incumplían el compromiso firmado de no alojar en la vivienda más individuos de los que habían sido autorizados a vivir en ella. Éste era precisamente el caso que le traía hasta allí: el pequeño piso, apenas un apartamento, había sido alquilado a un sólo ciudadano, africano para más señas, pero el propietario había denunciado que allí estaban viviendo otras personas. La labor de Felisa era tramitar un informe acerca de la situación, una vez que hubiera mantenido sendas entrevistas con arrendatario y arrendador.
Le abrió la puerta un hombre negro, alto y muy corpulento, sumamente atractivo. Hacía tres meses que Felisa se había casado con Antonio, pero eso no le impedía reconocer un hombre apuesto cuando lo veía. El individuo era natural de Malabo, Guinea Ecuatorial, por lo que las habituales dificultades idiomáticas con las que a veces Felisa tenía que enfrentarse no iban a tener lugar esta vez: el hombre se expresaba perfectamente en castellano, su lengua natural. Después de las oportunas aclaraciones, la funcionaria se vio sentada en el sofá entre el africano que le había abierto la puerta y otro más, supuestamente un amigo que estaba de visita. Carpeta en mano, la mujer comenzó a pronunciar el discurso acostumbrado en aquel tipo de casos, mientras los dos guineanos la escuchaban con atención.
El golpe de una puerta interrumpió su monólogo. Felisa se giró y vio a otro corpulento negro que, a juzgar por la toalla que llevaba atada a la cintura, salía de la ducha: a excepción de dicha toalla, y de las viejas chanclas que vestía en los pies, estaba completamente desnudo. Felisa se quedó muda y sus ojos se abrieron como platos: el tipo era atractivo, sí, tenía un torso atlético, sí... Pero no fue aquello lo que atrajo intensamente su atención: por debajo de la toalla, asomaba la polla más grande que había visto en su vida. Su mirada quedó clavada en aquello, como hipnotizada... Y eso la delató: los dos africanos entre los que estaba sentada se percataron, y tras mirarse entre ellos sonrieron. El que estaba a su derecha cogió la carpeta que Felisa tenía entre sus manos, se la quitó lentamente, y la puso sobre la mesita: "¿Qué miras?", le dijo. "Nada... Yo...", musitó Felisa a manera de torpe respuesta, mientras sentía como sus mejillas se ruborizaban hasta casi la incandescencia. "¿Nada?", respondió él, al tiempo que se levantaba. Y, sin dejar de sonreir, tomó su mano y la llevó hasta su entrepierna: "¿A esto le llamas nada?" La imagen de Antonio se dibujó difusamente en la mente de Felisa, como un amago de conciencia que quisiera tomar forma para ayudarle a retirar la mano de allí donde se la habían puesto... Pero el carnoso tacto de aquellos testículos, gordos y duros como pelotas de tenis, le excitó tantísimo que no pudo hacerlo. Notó en su mano como otra cosa enorme palpitaba con violencia e iba adquiriendo cada vez más tamaño y firmeza, y de repente se vio imaginando aquella inmensa cantidad de carne dentro de su vientre... Una lujuria irrefrenable le invadió todo el cuerpo, su coño comenzó a lubricar flujos con una determinación que nunca antes había sentido, y entonces se dio cuenta de que ya no había marcha atrás: se la iban a follar.
El negro bajó la cremallera de su pantalón, y no sin dificultad liberó su enorme miembro ante la cara estupefacta de la mujer: no podía dar crédito al tamaño de esa cosa que tenía ante su rostro. El pene de aquella bestia golpeó sus mejillas con fuerza, y un intenso aroma a polla que acaparó todos sus sentidos penetró hasta su alma en busca del animal que llevaba dentro... ¡Y vaya si lo encontró! A partir de aquel instante, la imagen difusa de Antonio desapareció de su mente y una sola idea la tomó por completo: POLLA... El negro puso el rabo delante de sus labios, y Felisa no pudo hacer otra cosa que abrirlos para darle cobijo: enseguida pudo sentir como le entraba hasta el paladar aquel gordísimo filete de carne negra. "¡Así es, zorra, mámamela!", dijo el tipo. Y Felisa obedeció, cerrando sus labios en torno a aquella gigantesca polla y succionándola como si le fuera la vida en ello: completamente fuera de sí, se comía aquel rabo como si quisiera que nunca saliera de su boca... Y cuando unos minutos después el negro la retiró, a Felisa se le escapó un desesperado "¡No!" El tipo se rió: "¿No qué?", le dijo. "¿No quieres que tu boca se quede sin polla? ¡Vaya, tenemos aquí a una auténtica comedora de rabo negro! No te preocupes, bonita: la he sacado para dejar sitio a lo que viene"... Y entonces sintió como algo le golpeaba de nuevo la mejilla: era la polla del negro que había tenido sentado a su izquierda... ¡Era tal el ensimismamiento en que se había sumido que olvidó de que había más gente allí! Y, de repente, se dio cuenta de que estaba rodeada no de tres, sino de cinco rabos negros a cada cual más gordo y apetitoso: el tercero era el de la toalla, que ya no estaba atada a su cintura... Pero, ¿de dónde habían salido el cuarto y el quinto? Daba igual: sabía que se iba a comer las cinco, y otras cinco más si se las ponían delante.
Los negros no daban crédito del hambre de polla que Felisa demostró: ¡estaba nerviosa, ansiosa, no sabía qué polla besar, mamar, chupar, casi sentía miedo de que alguna se le fuera a escapar! Ellos se reían de ella y la insultaban: "¡Pobre ramera blanca! ¡Qué puta es! ¿Nunca habías tenido una polla de verdad ante ti, eh? ¡Mirad, mirad como mama rabo la muy zorra!" "¡Eso es -pensaba ella-, insultadme! No sabéis lo mucho que me excita, negros de mierda: me importa un carajo lo que penséis... ¡sólo quiero vuestras putas pollas!" Uno de ellos, que se había percatado del anillo de casada que llevaba en el dedo, le restregaba el rabo por él sonriendo maliciosamente: "¿Qué diría tu marido si te viera, putón? ¡En mi vida me había encontrado con una perra tan desesperada como tú! ¡Traga polla hasta ahogarte, so zorra!" Y eso es precisamente lo que Felisa (para quien, en estos momentos, su marido era tan sólo un cornudo a quien amaba, pero al que le excitaba sobremanera estar engañando) tenía intención de hacer: acercando a sus labios los cuatro miembros, abrió la boca todo lo que pudo para intentar metérselos todos a la vez... Pero no lo consiguió: aquellas pollas eran demasiado grandes, y lo máximo que logró con las cuatro a la vez fue tener la punta de sus capullos posadas entre sus labios, rozándose unas con otras.
Felisa había perdido el control de aquella situación, si es que en algún momento la había tenido: aquellos jodidos negros mandaban, estaba claro. Comenzaron a turnarse para agarrarla de la cabeza y, empujándola contra sí, meter sus pollas todo lo adentro que era posible en su garganta. A ella se le cortaba la respiración y en ocasiones hasta le venían arcadas, pero aquel día parecía que todas las degradaciones a que decidieran someterla no iban hacer sino excitarla más: sentirse a punto de ahogarse con aquella inmensidad de carne palpitando en sus labios, su paladar, su lengua, su garganta, hacían que su coño se mojara cada vez más, y más, y más... De hecho, aquellos tipos estaban tan entregados a su propio placer que aún ni le habían tocado la entrepierna, y ésta ya hacía rato que estaba pidiendo polla: "¡Folladme de una puta vez!", gritó de repente. Los africanos la miraron sorprendidos, y durante unos segundos reinó el silencio entre ellos hasta que uno se decidió a romperlo: "Claro, guapa..." Y agarrándola de los pelos de la frente, la tiró contra el sofá y la colocó a cuatro patas: al momento, se vio sin faldas y sin bragas, en tanto que otro de aquellos cerdos se las había arreglado para sentarse con la cabeza de Felisa entre las piernas y ponerle la polla en los labios...
Pero lo verdaderamente sucio estaba por llegar: el mismo negro que la había tirado contra el sofá la agarró de la cabeza, empujándola contra el miembro de su compañero para que todavía más centímetros de aquel pedazo de carne oscura le entraran dentro de la boca. "¿Quieres que te follemos, eh?", dijo. "Pues te vamos a follar... pero por el culo". E inmediatamente tomó posición detrás de ella y la sujetó de la cintura: Felisa comenzó a notar como la punta de su capullo entraba en su ano sin piedad... Aquella no era su primera experiencia anal, pero nunca jamás nada tan grande había intentado entrarle por detrás: su culo se resistía, pero el empeño de aquel bruto acabó por vencer toda resistencia y entrar por completo en su esfínter. Felisa gritó como pudo, pero con el otro negro luchando por mantenerle su gran polla dentro de la boca le resultó difícil. Le dolía, pero al mismo tiempo le proporcionaba un placer intenso verse sodomizada de esa manera tan salvaje: imaginarse tan puta, tan usada a capricho y sin compasión por cinco negros desconocidos con los rabos más grandes que jamás hubiera soñado, era una idea que nunca sospechó que pudiera excitarle tanto.
Otro de los africanos se acercó a ella, y agachándose a la altura de su cabeza le susurró en la oreja: "¿Qué tal, blanquita? ¿Te gusta? ¿O hubieras preferido que te folláramos por el coño?" Felisa jadeaba... "Si quieres que te folle por el coño, dilo", agregó el tipo. "Sí...", contestó ella-. "Suplícalo -añadió-, pídemelo por favor..." Pensó ella para sí: "¡Será imbécil el puto negro!" Pero quería aquello, quería sentir en su vientre aquel enorme rabo, y obedeció a su manera: "¡Lléname el coño con tu puta polla negra, cabrón! ¡Por favor! ¡Te suplico que me folles, cerdo!" Y el negro, sonriendo, miró al compañero que le estaba reventando el culo y le dijo: "Ya lo has oído..." Al poco, dos negros la sujetaban de las axilas para subirla encima de la polla del tipo que le había susurrado al oído: cuando toda aquella carne comenzó a entrar en su vagina, Felisa creyó que iba a desmayarse de placer con tanta polla dentro. Se sentía llena como nunca antes se había sentido, y se abrazó al negro con fuerza: comenzó a cabalgarle como una posesa, mientras le gritaba "¡fóllame, cabrón, pedazo de polla, que no eres más que una enorme polla para follarme!" Pero los otros cuatro negros no querían quedarse sin su trozo de pastel: tres de ellos se colocaron detrás del sofá para que sus rabos quedaran a la altura de la boca de Felisa, mientras el otro comenzó a hurgar de nuevo en su culo... Al poco, Felisa se encontró llena de polla por todas partes: su esfínter ya no ofrecía resistencia, y los enormes miembros de aquellos locos (que iban turnándose en sus posiciones) penetraban en él con una facilidad pasmosa...
En algún momento, uno de los tres negros a los que les tocaba que se la mamara la agarró con fuerza de los pelos, y de un enérgico golpe que casi le desgarra el paladar le metió la polla hasta el fondo: aquel pedazo de rabo quedó tan metido en su garganta que los labios de Felisa casi podían besarle los testículos y, sin que saliera de ella ni un milímetro de carne, aquel bestia comenzó a eyacularle dentro de la boca mientras le gritaba: "¡zorra mamadora, pedazo de puta blanca, trágate toda mi leche negra!" La garganta de Felisa se llenó de espeso y abundante esperma, tanto que comenzó a sentir arcadas y para no ahogarse tuvo que tragarse todo lo que fue capaz: aún así, era tanto el semen que aquella polla había vertido dentro de su boca que se le salía fuera sin ella quererlo, y de los labios de Felisa manaba leche que se derramaba sobre su cuello. Lejos de incomodarle, aquello le hizo sentir tan zorra que se excitó aún más si cabía... Entonces sintió un latigazo de esperma caliente que le inundó la cara con violencia: el segundo negro se corría en su honor... Y ya fue demasiado para ella: el coño repleto de polla hasta reventar, el culo penetrado sin piedad por un rabo tan enorme que el dolor y el placer se fundían en una sola y maravillosa sensación, la cara casi ardiendo de tanto semen como había recibido sobre ella, la boca tan llena de espeso y caliente esperma que no dejaba de chorrear por la comisura de sus labios... Le sucedió lo que nunca jamás había experimentado: sin que nadie hubiera tocado su clítoris, un orgasmo indescriptible alcanzó todos los músculos de su cuerpo, y mientras aquellos energúmenos seguían follándosela brutalmente se sintió invadida por unos salvajes espasmos que le hicieron perder todo el control de su cuerpo... Los orgasmos se le encadenaron uno detrás de otro hasta que perdió la cuenta. Nunca hubiera imaginado que era multiorgásmica, y mucho menos que tuviera que darse cuenta de ello el día en que unos cerdos se la estaban cepillando sin prestar atención ninguna a su clítoris ni a proporcionarle placer: ¡la habían usado únicamente para darse gusto a sí mismos, aprovechando la indefensión en que las fantasías más oscuras de Felisa le habían hecho caer! Aunque, en el fondo, ella sabía que eso no era del todo cierto: resultaría difícil determinar seriamente quién había usado a quién.
Felisa aún tuvo la oportunidad de sentir un segundo arrebato de orgasmos cuando sintió en sus intestinos la ardiente leche del negro que le estaba follando el culo: aquello volvió a hacerle sentir sucia y excitarse, por lo que comenzó a frotarse el clítoris con violencia y a los pocos segundos el clímax le había alcanzado de nuevo... Quedó tumbada en el sofá, exhausta, ajena a los lecherazos que aquellos negros, cuyos testículos no parecían vaciarse nunca por más que eyacularan, le vertían en la cara una y otra vez.
Minutos después, Felisa yacía sola en el sofá mientras los guineanos, sentados alrededor de la mesa que había enfrente, la contemplaban sonrientes. Se sintió muy húmeda, pero esta vez no era por la excitación: estaba mojada por todas partes... Fue en ese momento cuando comenzó a tomar conciencia de la situación: notó que tenía la cara pegajosa y completamente embadurnada de esperma, que aún tenía semen en los labios y que su esfínter chorreaba leche... Y también notó otra cosa curiosa: ¡se había meado encima sin darse cuenta! Se sintió repentinamente avergonzada, se puso las bragas y las faldas a toda velocidad y cogiendo su carpeta partió disparada... Los negros se reían: "¡Adiós, zorrita! -escuchó decir a uno- Aquí estaremos para follarte siempre que quieras". Pero la vergüenza de Felisa se disipó por completo cuando, saliendo ya por la puerta de aquella maldita casa, notó una humedad espesa en sus muslos: "¡Dios mío, que eso no esté saliendo de mi vagina!", se dijo a sí misma. Entró en el ascensor y se miró al espejo: naturalmente, al no haber pensado en asearse antes de salir su cara seguía completamente embadurnada en semen.
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