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Muchos nos vieron entrar así, impecables, creyendo que éramos presa fácil. No tenían idea de que esa era nuestra mejor fachada para el experimento que estábamos a punto de ejecutar. Si te preguntas qué pasó después de que estas luces se apagaran y termináramos en el Valle Luna... prepárate para lo que sigue.
Dos días antes de la salida, la vi ahí, relajada, disfrutando de que yo le soltaba el dinero para que se convirtiera en mi obra maestra.
—Hazte todo —le solté—. Depílate esa cuca, déjala lista, un brasileño bien hecho, que se vea que tiene dueño. Ponte uñas, arréglate el pelo, cómprate un vestido que valga la pena, de esos que hacen que cualquier pendejo pierda la cabeza. Mañana vamos a salir, pero quiero el contraste perfecto: nos vamos a vestir como reyes para ir a terminar en un lugar barato, a un antro donde la gente no sabe qué hacer con una mujer como tú.
Cuando me modeló el vestido, supe que la trampa estaba lista. Era el lienzo perfecto para el experimento que tenía en mente. Le recordé la misión: —Mañana vas a ser la mujer más buena y más puta del lugar. Quiero que las mujeres te miren con odio porque sus maridos no van a poder despegarte la vista. Y acuérdate del trato: te vas a llevar a uno. Quiero que sea un tipo que se vuelva loco, que se muera por chupar cada centímetro de tu piel.
Entramos al Valle Luna y el impacto fue inmediato. Nosotros, impecables, destacando entre la mugre y el olor a cerveza barata. Ella caminaba con esa seguridad de que es un activo de lujo. Nos acercamos a la mesa de billar y ahí estaba él, Charlie, un pendejo que no sabía que esa noche iba a dejar de ser hombre para convertirse en parte de un experimento. Ella empezó su show: se inclinó, abrió las piernas, dejó que el vestido se le subiera hasta que no hubo margen, y cuando hizo ese pool shot que practicamos diario, el bar se quedó mudo. El sonido del quiebre fue brutal. Luego, el brinco, el "accidente" del escote, el pezón erecto, la piel expuesta. Todos estaban al borde del colapso, los amigos de Charlie metiéndole el taco en el culo para que se moviera.
—Óyelos, Charlie —le susurró ella cuando la manada empezó a soltar las groserías más sucias—. Están muriendo por tocar esto. Pero no saben que el elegido eres tú. Cuando nos larguemos, nos sigues. Mi esposo quiere ver cómo me coges.
Se lo llevó jalándolo de la mano, arrastrándolo al baño. Yo llegué un minuto después, abrí la puerta y ahí estaban, él encima de ella, un animal desesperado. —Vámonos —dije, y la autoridad en mi voz lo hizo temblar.
En el coche, el aire era pura gasolina. Ella movió el espejo hacia abajo. —Mira qué camisa más grande tiene —dijo, sin dejar de mirarme. Lo tenía ahí, expuesto, goteando, viscoso. —Mira qué ligoso, mi amor, pruébalo —y sin dejarme responder, me estampó los dedos llenos de la esencia de ese tipo en la boca. Luego, ella misma se metió la mano, sacó lo que él había dejado dentro y nos restregó el dedo por debajo de la nariz a los dos, marcándonos, impregnando el coche con el buqué de sexo que nos puso a hervir la sangre.
Al llegar a casa, ella creía que me iba a destrozar. Quería darme celos, quería que yo viera cómo se lo tragaba, cómo se dejaba romper. Empezó a gemir, a buscar mis ojos, queriendo ver mi dolor, sin entender que cada vez que ese tipo la usaba, lo único que yo sentía era la victoria absoluta.
—Límpiate —le dije después, cuando el tipo terminó, vacío y derrotado. Y ahí empezó la parte que yo realmente quería. La hice limpiar todo lo que él dejó. Ella, con la misma boca que acababa de lamerle la verga, se puso a limpiar cada rincón de ella misma, tragándose los restos del experimento, saboreando lo que él dejó. Y luego, el paso final. La miré y le dije que ahora le tocaba a él, pero que el propósito no era él, sino yo.
Hice que el muchacho, todavía temblando y confundido, se acercara. Ella, con esa obediencia que me vuelve loco, lo manipuló hasta que el tipo, sin saber cómo ni por qué, terminó metiéndome la verga a mí. Ella ahí, de rodillas, viendo cómo su "experimento" se cerraba, viendo cómo ella me entregaba al hombre que ella misma había elegido. Fue el momento donde la humillación de él y el placer mío se cruzaron. La hice ver cómo su venganza se convertía en mi mayor satisfacción: ella limpiando, ella compartiendo, y yo, por primera vez, saboreando el premio que ella misma me había traído a la mesa. Ella se quedó callada, mirando, entendiendo por fin que nunca tuvo el control, que ella siempre fue la herramienta para que yo probara lo que quería probar.
La cacería terminó, el experimento fue un éxito rotundo, y ella se quedó ahí, rendida, sabiendo que ni en sus sueños más sucios podría haberme ganado.
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