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    La paja I

    Parto este espacio pensando en ti y en ustedes (espero), mis lectores. Parto hablando desde el anonimato que nos da este espacio en que puedo pensar, hablar y compartir sin los tabúes ni restricciones del día a día, esos que se rompen solo entre amistades cercanas y parejas. Y por eso, desde este anonimato, parto por hablar de aquello que (dependiendo de la generación) puede ser un tabú o solo placer: la paja.

    Hay nombres, muchos nombres para un mismo acto. Masturbación, tocarse, jalársela, dedearse o simplemente paja. Darse una paja.

    Me gusta la paja. No solo darme una, sino la palabra en sí. No distingue persona, género, sexo, edad, nada de nada. Siempre está ahí cuando tenemos ganas y algo de tranquilidad. La paja es una palabra que cruza tantas fronteras. Si decimos paja, todos nos entendemos. Da una mayor universalidad a un tema tan común y, por cierto, tan rico.

    No hay un momento típico ni un buen o mal momento para hacerlo. No hay una compañía específica necesaria, que va de la soledad a los grupos. La paja ha estado, está y siempre estará con nosotros.

    Siempre he creído que, para hablar de la paja, hay que hacerlo con total honestidad. Debemos hablar de cómo somos, cómo tenemos aquel órgano maravilloso con el que disfrutamos, debemos hablar de dónde lo hemos hecho y dónde nos gustaría hacerlo. Debemos hablar de cómo lo hacemos y en quién hemos pensado mientras lo hemos hecho y sobre todo recordar, cuándo fue nuestra primera paja.

    Parto por este último e importante punto: la primera paja.

    Recuerdo muy bien mi primera paja porque estaba en casa de mis padres y justo ese día, en un recreo tras una clase en qué hablábamos de sexo en el colegio, conversamos entre amigas y amigos sobre lo (poco) que sabíamos de sexo. Estábamos en eso cuando un amigo, normalmente silencioso en las clases, dijo: "a mí ya me sale semen".

    Nos quedamos mirando entre todos y nos reímos entre, mientras él contaba que llevaba un tiempo dándose pajas y que a veces le salía semen y otras veces no. Recuerdo que nos dijo que lo había hecho muchas veces, pero no siempre eyaculaba. Muchos lo mirábamos en silencio, queriendo saber más y más. Hasta que llegó el sonido de la campana y tuvimos que volver a clases.

    En casa, con la curiosidad viva y erecciones que iban y venía durante el día, recuerdo haber ido al baño por la tarde. Llevé una revista donde aparecían ofertas de calzones y sostenes, con modelos vistiéndolos. Puse la revisa en el piso y comencé a acariciar mi pene, sin producir ningún efecto. Seguí un par de minutos, hasta que en un momento tuve una erección. La verdad, puede que mucho antes haya tenido una o muchas erecciones, pero en ese momento era consciente por primera vez de ello.

    Miré mi pene erecto y sentía que algo cambiaba en mí. La verdad, me sentí como alguien mayor de esos pocos años que tenía entonces. Sentí que al fin podría contar algo de sexo en el colegio. Pero no me quedé en eso y comencé a tocarme un poco más y más para saber qué se sentía. El tiempo pasaba sin que yo lo notara, mientras no paraba de tocarme mientras miraba la revista. Bajaba y subía mi prepucio sin parar. Probaba hacerlo suave y luego fuerte, me apretaba poco y otras veces mucho. Sentía algo rico y extraño que recorría mi espalda y mis muslos y de repente, comencé a notar que mi pene se engrosaba y se endurecía más y vi salir un líquido. Era algo viscoso y muy transparente. Sentí una sensación que nunca antes había sentido y me detuve... No fue hasta un par de semanas después que descubrí que eso no era semen, sino solo líquido preseminal y que debería haber seguido adelante.

    Contento salí del baño y llegué a la cocina. Sintiendo que había hecho algo rico y algo que podría compartir con mis amigas y amigos. Iba todo feliz cuando encuentro a mi papá y mi prima mayor (de unos 23 en ese entonces). Mi papá me pregunto si me sentía bien del estómago, porque me había demorado bastante en el baño... mi prima lo interrumpió y dijo "seguro se estaba dando una paja. Ya está en edad...". Yo me congelé y en silencio, creo que me delaté. Mi papá y mi primera se quedaron en silencio y solo seguí hasta la mesa para comer.

    A los días, cuando se dio la oportunidad, lo comenté con mis amigas y mis amigos durante en el recreo de lo que había hecho, mientras nos quedamos dentro de la sala de clases para conversar y comer algo. Una de mis amigas me contó que ella se tocaba mucho, pero siempre por encima del calzón. Abrió sus piernas, movió su falda y dijo: aquí, justo aquí me tocó, mientras apuntaba su calzón blanco, donde podía ver como se marcaban algunos vellos.

    No sé qué cara puse, que todos se largaron a reír, pero su imagen quedó en mi cabeza, hasta que llegué a casa.

    Estando en casa, nuevamente fui al baño, tomé la misma revista de la vez pasada y comencé a tocarme. Esta vez comencé a tocarme sin parar, pero sentía que faltaba algo porque tomaba un tiempo en ponerme bien duro. En eso, de repente, llegó a mi mente el recuerdo de mi amiga mostrándome sus calzones y sentí que mi pene crecía como nunca antes. Lo sentía engrosarse entre mis manos y sentía que el placer de ese recuerdo era mejor que el de la revista.

    Me toqué y me toqué, sin parar de hacerlo. Estaba con los ojos cerrados y solo pensando en el recuerdo de esos calzones y esos muslos. Sentí algo que ya había sentido la vez pasada y nuevamente, volví a ver ese líquido saliendo de mi pene. Esta vez no solo eran unas gotas, sino muchas de ellas que lubricaban mi glande y mis manos. Escurrían suavemente, ayudando a sentirme cada vez más y más caliente.

    Seguí haciéndolo por un par de movimientos más y sentí algo totalmente distinto recorriendo desde mis testículos hasta mi espalda. Era algo que nunca antes había experimentado y que solo crecía dentro de mí. Seguí tocándome sin parar y de repente, mientras miraba fijamente como mi pene se ponía cada vez más grueso y colorado, cada vez más lleno de ese líquido transparente... comencé a eyacular. Un gran chorro salía de mi pene y caía en el suelo. Un segundo chorro venía con fuerza, saliendo más fuerte que el otro. Un tercer chorro salió y llegó también al suelo, con menos fuerza, mientras el resto escurría desde mi glande hasta la base de mi pene y a mis testículos y más abajo, metiéndose incluso entre mis glúteos. Eran chorros grandes y viscosos que llegaron al piso y a mi cuerpo y que me dejaron tiritando mientras veía con una sonrisa en mi rostro el producto de mi primera eyaculación. Me quedé un rato mirando y sonriendo, con mi pene aún apretado entre mis manos, tratando de sacar hasta la última gota de semen, sin saber qué más hacer. ¿Debería seguir tocándome? ¿Debería limpiar? ¿Debería probar mi semen?

    De pronto, pensé que quizá nuevamente llevaba mucho tiempo y decidí limpiar con papel. Limpié bien todo, sintiendo mi cuerpo algo débil, como luego de terminar de correr por una hora. Luego de limpiar, salí. Sentía que había hecho algo increíble y que abría un mundo de placeres y cosas ricas en mí. Fui a mi pieza y disfruté de esa sensación exquisita, de ese placer nuevo que aún me recorría y solo me quedé ahí.

    Al día siguiente lo comenté con mis amigos lo que había hecho y muchos otros comenzaron a contar también que lo habían hecho. Nos sentimos todos parte de un grupo de personas nuevas, un grupo de pajeros.

     
      Posted on : Oct 22, 2022
     

     
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