Examen Oral
Fui llorando a casa de Alejandro. Al
recibirme me recibió preocupado y le conté lo que había visto. De alguna manera
no pareció sorprenderse. “¿Qué harás?”, preguntó. “No sé”, respondí. Me había
pasado el resto de las clases tratando de no llorar, pero en realidad no había
pensado en qué hacer al respecto.
“¿Vamos a la pieza para comenzar tu
prueba?”, interrumpió. “¿Prueba?”, pregunté desconcertada. “Claro que sí, ya
aprendiste lo básico, pero tenemos que evaluarte”, respondió con una sonrisa
maliciosa. No me negué, estaba muy dolida y confundida como para pensar con
claridad. El caminó a la habitación y yo lo seguí. No querer cometer un error,
pregunté, “¿Tengo que quitarme la ropa, profe?”. Alejandro reconoció, “Eso
sería bueno, por favor hazlo ahora”.
Recordé el consejo que mi maestro me había dado el día
anterior. Bailando lentamente en mi lugar, me quité mi blusa del uniforme.
Luego, balanceándome en un intento seductor, me quité el sostén y lo tiré sobre
una silla. Comencé a pasar mis manos por mi vientre y luego hasta mis senos.
Los masajeé varias veces y luego juguetonamente torcí mis pezones. Luego, mis
manos se movieron hacia mis caderas todavía contoneándose, mientras lentamente
comencé a bajar mi falda. Cuando estaba a la mitad de mis caderas, me di vuelta
y me incliné por completo. Mientras me reincorporaba a estar de pie, contoneé
el trasero nuevamente.
“El examen de hoy”, dijo Alejandro, “es sobre sexo oral”.
Pensando rápidamente, y deseando complacer a mi maestro, dije, “Oh, entonces
necesitaremos el dildo gelatina, Profe. Iré a buscarlo”. Mientras me dirigía
hacia la puerta, Alejandro levantó el brazo para detenerme. “Eso no será
necesario”, me dijo. Confundida por esto, pregunté, “Entonces, ¿cómo puedo
hacer la prueba para mostrarte lo buena que soy ahora y cuanto me cabe en la
boca?”. Alejandro respondió, “Daniela, la capacidad de garganta profunda era
solo uno de los detalles necesarios para dar un buen sexo oral. ¿Qué pasa con
todas las cosas que vimos en tus estudios?”.
Todavía confundida, pregunté una vez
más, “Profe, no entiendo. ¿Cómo vas a evaluarme para demostrar lo que he
aprendido?”. El momento que Alejandro había estado esperando para sorprenderme,
“Bueno, eso es muy simple, Daniela. Me lo harás a mí”. Yo en realidad estaba
muy sorprendida, sobre todo por el hecho de que ambos sabíamos que éramos padre
e hija. “¿Quieres que te chupe a ti, profe?”, dije tímidamente. “Por supuesto
que sí. ¿Quién, como tu maestro, está más calificado para saber si eres lo
suficientemente buena para aprobar el examen? Un dildo no puede dar una
evaluación. ¿Es esto un problema, Daniela? ¿Te molesta esto?”, cuestionó
Alejandro.
“Bueno, no, no sé. No esperaba esto. Sabes que soy tu hija y
aun así quieres que haga eso. Pero quiero hacerlo, nunca me había sentido así
antes. ¿Quieres que comience ahora?”, pregunté nerviosamente. Estaba excitada y
hablé sin pensar en las incestuosas repercusiones de nuestro acto. “Quiero que
estés completamente a lista para el examen”, dijo Alejandro, “Puedes comenzar
sentándote en la cama. Déjame quitarme algo de ropa, y luego puedes comenzar”.
Hice lo que me dijo y me senté en el borde de la cama;
tratando de calmarme. Alejandro se alejó de mí rápidamente y se quitó cada
prenda que vestía, permitiéndome una vista clara de su cuerpo bronceado a la
luz del sol que se colaba por la ventana junto a él. Cuando se dio vuelta para
regresar, mi mente se encontraba todavía procesando la situación en la que me
encontraba y había olvidado por completo su desnudez brevemente. Mi atención
estaba totalmente centrada en la anaconda que se me acerca. El cuerpo de
Alejandro había sido bendecido por la naturaleza. Colgando entre sus piernas
hay una grueso y largo, más largo que cualquiera que hubiese visto antes.
Cuando Alejandro se aceró más a mí, salí de mi trance inducido por el
impresionante tamaño del pene del amante de mi mamá.
“¡Tu pene es ENORME! Eres mucho más
grande que lo que imaginaba”, exclamé, la sorpresa me había quitado el aliento.
“Sí, me doy cuenta de eso, Daniela. “¿Qué te hace sentir saber que tu papito
tiene un pene grande?, ¿Te calienta?”, preguntó entre risas. “Dijiste que no
pensara en que soy tu hija”, respondí. No pareció interesarle mi renuencia ante
el hecho de que fuéramos familia directa, sólo se limitó a agarrar su pene de
la base con una mano y agitarlo frente a mí.
Me acerqué para agarrar su pene a la
mitad de su longitud. “Lo haré, profe”, respondí. Cuando dije esas palabras
sentí como su pene se endurecía e hinchaba en mi mano. Cuando comencé a
acariciar el pene de Alejandro hacia arriba y hacia abajo, se puso
completamente rígido y alcanzó su longitud y ancho total. Mi mano se sentía tan
pequeña que no pude poner mis dedos juntos mientras envolví mi mano alrededor
de su falo. Comencé a acariciar su pene de arriba abajo con ambas manos. Luego
tomé una mano y me agaché para acariciar suavemente sus bolas, igualmente más
grandes que cualquiera que hubiera visto antes, comparables con un par de grandes
limones. Moviendo mi otra mano hacia la parte superior del pene de Alejandro,
abrí la boca y chupé la cabeza. “He estado esperando esto por mucho tiempo”,
dijo Alejandro tan pronto como su pene entró en mi boca. Lo miré directamente a
los ojos. Puse un poco más de su pene en mi boca y chupé. “¿Estoy haciendo esto
bien, profe?”, pregunté.
“En este punto, Daniela”, dijo,
“solo puedo decirte que no lo estás haciendo mal”. Con una pequeña risita,
seguí chupando el extremo de su pene. Mientras chupaba y lamía me sorprendió
darme cuenta lo mucho que me gustaba su sabor y su olor, me resultó
desconcertante sentirme tan atraída a ese pene. Alejandro pudo ver que el ancho
de su pene me estaba causando un pequeño problema. Mis labios apenas podían
rodearlo. A medida que la saliva se acumula en mi boca, proporciona suficiente
lubricación para que ese pene se deslizara más fácilmente contra mis labios abiertos.
Sacando su pene de mi boca, comencé a recorrer con la lengua hacia arriba y
hacia abajo a lo largo de ese largo falo. En poco tiempo, estaba acariciando el
pene y bajando la cabeza hacia las bolas de Alejandro. Tomé una de sus bolas en
mi boca y la chupé con cuidado. Luego me moví a su otro testículo. Una vez en mi
boca, comencé a tararear.
Volví a chupar el pene de Alejandro.
Yo sabía, en mi mente, que el desafío de garganta profunda no estaba
completamente fuera de mi alcance. Concentrándome en tener más de él dentro de
mi boca, mi garganta se abrió y ya estaba tomando fácilmente el equivalente a
los 15 centímetros de un dildo en mi boca. Mi boca produjo más saliva y pronto
tuve 20 centímetros hacia abajo. No pasó mucho tiempo antes de que moviera la
cabeza hacia arriba y hacia abajo, pasando de 15 centímetros a los 24
centímetros por mi garganta con cada golpe. Mi contacto visual con Alejandro en
este punto era increíble. Lo miré con los ojos completamente abiertos, lagrimas
brotando de ellos, pero aun así dándole el mensaje de que me estaba divirtiendo
mucho. De repente, alcancé las caderas de Alejandro con mis manos y lo sujeté
firmemente. En una serie de tres golpes hacia abajo, logré consumir toda la
longitud de su pene. Sosteniendo mi nariz contra su vello púbico durante unos
cinco segundos, terminé retirando su pene de mi boca.
Alejandro tenía una sonrisa radiante
en su rostro. “Sí, Daniela. Sigue así...”, gimió. Regresé a repetir mi hazaña
antes lograda. Una vez más, volví a tomar dentro de mi boca el pene de
Alejandro arriba y abajo de mi garganta. Continué con esto hasta que de repente
sentí su cuerpo temblar. Su cuerpo temblando hizo que recordara una de mis
primeras lecciones. “Debe estar a punto de terminar”, pensé. Sentí que las
contracciones de Alejandro comenzaron a aumentar. Sintiendo el momento, no
perdí el tiempo y me tragué todo el pene por mi garganta. Mientras mantenía la
boca apretada contra la pelvis de Alejandro, su pene se descargó con una
explosión atronadora de esperma caliente. Yo estaba sorprendida por la gran
cantidad de semen y en ese momento abrí mis ojos tanto como pude ante eso. No
tuve que preocuparme por tragar porque él me estaba disparando por el esófago.
Unas pocas explosiones más de esperma y volví a menear la cabeza de arriba
abajo. Cuando sentí que eyaculó el último poco de esperma, lentamente retiré el
pene de Alejandro de mi boca. Giré mi lengua alrededor de la cabeza de su pene
y lamí la última gota de semen de la punta.
“¿Aprobé el examen, profe?”, pregunté
con curiosidad. Alejandro tomó un momento para responder, hasta que finalmente
dijo, “Ya no me digas profe, yo soy tu papá y me tratarás como tal”. Su
respuesta me confundió. “Pe-pero...”, tartamudeé. “Sabes cómo te hago sentir,
te gustó chuparle el pene a tu papá, te calienta saber que lo soy. Tanto te
calienta que ya ni piensas en lo que pasó con tu pololo”, dijo de manera
burlona. Tenía razón, la noción del incesto había borrado toda preocupación por
la infidelidad de Carlos.
Me levanté de la cama, todavía
alimentando la longitud del pene de Alejandro. “Sabía que podía hacerlo. Sabía
que podía hacerte la garganta profunda”, dije dulcemente. Alejandro recuperó
compostura. “Muy bien entonces. El último día de los exámenes es mañana. Si
apruebas esos exámenes, te habré enseñado lo básico”. Sonreí al escucharlo y
después de prepararme para abandonar su casa, me acompañó hacia la salida,
donde nos despedimos con un beso en los labios.
Examen Final
Tan
pronto como me recibió en su casa me dirigí a la habitación, me desvestí y
dije, “Estoy aquí, papi. Estoy lista para terminar mis exámenes”. Alejandro, al
escuchar mi voz desde el dormitorio, entró para verme acostada en la cama. Estaba
desnuda y tenía las piernas separadas y las rodillas en el aire. Estaba
acariciando mi cuerpo por todas partes. “Sí, Daniela”, dijo sorprendido
Alejandro, “puedo ver que estás lista, pero tengo un atuendo que quiero que
uses hoy porque es un día especial, pasa a la pieza del lado y cámbiate”.
Al
entrar a la habitación contigua lo primero que vi fue un vestido de novia sobre
una cama, junto a este vestido había lencería, ropa interior, zapatos y demás.
La puerta se cerró detrás de mí y me encontré sola en la habitación. Yo estaba
completa y genuinamente sorprendida al ver todo eso ahí.
El vestido era strapless con corpiño
ajustado cubierto con brillantes cristales.
Cuando salí de mi sorpresa me acerqué a la vestimenta y la examiné de un
lado a otro. Comencé poniéndome los guantes, blancos que me llegaron hasta los
codos. Después de eso una diminuta tanga blanca que no evitaba que saliera por
la parte superior parte de mi vello púbico y le siguió la lencería blanca, un
liguero blanco que se unía a las medias igual de blancas que vestí. El sostén
fue lo siguiente, igualmente blanco. Después me ocupé de mi cabello, el cual
peiné con un moño que sujeté con un lazo. A el cabello le siguieron los zapatos
blancos, con tacón algo más alto de lo que creí que podría dominar pero que
tenían una o dos correas que aseguraban que jamás abandonaran mis pies de forma
involuntaria. Sólo faltaba el vestido, en el cual entré como pude y me miré al
espejo. Era una visión que nunca esperé tener, pero saber que pronto la mujer
que veía en el espejo recibiría placer de formas que aún desconocía, me produjo
un calor y un hormigueo en la entrepierna que difícilmente pude tolerar sin que
mi mano fuera a socorrer mi sexo. Estaba casi lista, de no ser por el cierre
del vestido que se encontraba en mi espalda. Sin otra opción más que la de
pedir ayuda, me acerqué a la puerta y llamé a Alejandro, como no quería que me
viera a los ojos tan pronto entrase, le di la espalda a la puerta. Al entrar
entendió lo que necesitaba y no hizo falta que le dijera que me subiera el
cierre. Ya cuando me sentí mentalmente preparada, me volteé con una sonrisa y
lo miré a los ojos al tiempo que le dije, “Estoy lista”. El me miró incrédulo
de la visión que tenía frente a él. “Aún no estás lista”, dijo mientras
caminaba junto a mí en dirección a la cama de donde tomó un pedazo de tela que
pasé por alto anteriormente. “Falta tu velo”, dijo mientras me lo ponía en la
cabeza y con eso tapaba mi rostro. Antes de que pudiera reaccionar, sacó una
cámara de su bolsillo y dijo, “Sonríe”. Eso no me molestó, en realidad era un
momento que yo quería guardar para siempre y me pareció que una fotografía
ayudaría a eso. “Saliste preciosa”, dijo antes de tomarme de la mano y llevarme
a la habitación de al lado, en la que el día anterior le hice sexo oral.
Con un brazo me giró sobre mí misma,
gracias a mis zapatos y me atrajo hacia él para besarme. Cerré mis ojos y me
dejé llevar mientras nuestras lenguas se golpeaban frenéticas dentro de
nuestras bocas. Ese momento me cortó la respiración, envió oleadas de placer a
mi cuerpo mientras sus manos recorrían y acariciaban mi espalda y sentí como
mis pezones se ponían duros contra el sostén. El beso duró minutos, aunque deseé
que nunca acabara. Al terminar me lanzó contra la cama, caí sobre ella y se
paró al borde de la cama, entre mis piernas. “Hoy antes de que comiences”, dijo,
“quiero iniciar yo contigo, Daniela”. “¿Iniciar tú, papi?”, pregunté. Alejandro
explicó, “Ya que le fue tan bien en el examen de ayer, quiero enseñarte algo
más. Ya te he enseñado cómo practicar sexo oral con un hombre, pero no te he
enseñado cómo practicar sexo oral con una mujer. Por eso es que quiero darte
sexo oral”.
Me levanté sobre mis codos y
pregunté, “¿Vas a hacer eso?”. Alejandro anunció con orgullo, “Sí, ahora
aprenderás”. Rápidamente se quitó la ropa y la tiró al suelo. Se paró ante mí
con su enorme pene colgando entre sus piernas. Se acerca a mí y se arrodilló
sobre la cama. Deslizando su cuerpo entre mis piernas, Alejandro movió el velo
de mi rostro hacia atrás y comenzó a besarme en la boca, muy apasionadamente. Yo
respondí de la misma manera y pronto los dos intercambiamos lenguas de un lado
a otro. Cuando comenzó a masajear mis senos, dejó de besar mis labios y movió
su boca hacia mis pezones. Chupó uno y luego el otro, excitándome y poniendo
duros mis pezones. Yo comencé a gemir suavemente mientras Alejandro movió sus
besos hacia abajo.
Después de algunos besos y mordiscos
sobre mi estómago, él puso sus brazos debajo de mis piernas y las llevó sobre
sus hombros. Esto pone su boca exactamente donde la quería. Sus besos, lamidos
y mordiscos estaban arriba y abajo de mis muslos internos. Mi cuerpo comenzó a
retorcerse debajo de él. Alejandro no perdió el tiempo y puso toda su boca
sobre mi sexo. Él comenzó a lamer arriba y abajo a lo largo de los labios de mi
sexo. Mi cuerpo se estaba saliendo de control. La lamida cambió a ser su lengua
entrando y saliendo de mi agujero tembloroso. Esto hizo que agarrara la parte
superior de la cabeza de Alejandro y la moviera contra mi ingle. Él dejó de
usar su lengua y procedió a chupar brutalmente mi clítoris hinchado.
No pude aguantar más. Envolví mis
piernas alrededor de su cuello, atrapándolo. Mis caderas se levantan de la cama
mientras sucumbí ante un clímax tremendo. Mi cuerpo pronto cayó de nuevo a la
cama. “Nunca he recibido sentido tanto placer”, dije. Alejandro, liberado de mi
agarre mortal, se rio; “Daniela, realmente eres un tesoro”. Alejandro movió su
cuerpo de regreso a mi cuerpo. Cuando nos encontramos cara a cara, sentí que
algo grande y bulboso se frotaba contra mi sexo mojado.
“¿Ese es tu pene, papi?”, me reí. Mientras
Alejandro me miraba fijamente a los ojos, él respondió, “Sí, lo es, Daniela. Tu
segundo examen comienza ahora mismo”. Una enorme sonrisa brotó de mi rostro.
Alejandro se levantó sobre sus
codos. Se inclinó hacia atrás, de rodillas, las extendió y se sentó entre mis
tobillos. Agarró mis piernas y las levantó sobre sus hombros. Alejandro tomó la
cabeza de su pene y lo frotó a lo largo de mi sexo. Gemí de deleite. Él siguió
frotando mi sexo y comenzó empujar la cabeza un poco más allá de mis labios,
sin penetrarme todavía. Obviamente quería calentarme y preguntó, “¿Te gustaría el
pene de papá dentro de ti?”. Sólo atiné a ronronear, “Oh, sí. Lo quiero dentro
de mí. Quiero que me lo metas todo. Por favor, métemelo, papi. ¡Por favor, méteme
tu pico ahora!”.
Eso es todo lo que Alejandro necesitaba
escuchar. Él empujó su pene dentro de mi unos centímetros y yo reaccioné de
inmediato. Mi cuerpo se tiró un poco hacia atrás en la cama y los músculos de mi
sexo se estaban agarrando a el pene de Alejandro. Con un movimiento de bombeo
lento y continuo, Alejandro logró meter 15 centímetros de carne en mi sexo
tembloroso. Sostuvo mi cuerpo hacia abajo mientras siguió empujando su pene más
profundo en mí. Mi cuerpo estaba golpeando la cama ya que Alejandro logró tener
20 centímetros entrando y saliendo de mi sexo. “Oh, sigue, papi”, grité, “Métemelo
más fuerte”.
Alejandro empezó a acelerar y
también a empujar su pene más y más. Demoró algo de tiempo, pero Alejandro había
logrado meter los 24 centímetros de largo completamente dentro de mí. Mis
caderas estaban retorciéndose salvajemente a sus empujes. Era una mujer
insaciable. Alejandro acumuló mucho sudor, ya que pasó a tener mis rodillas
empujadas hacia atrás junto a sus hombros y estaba golpeando implacablemente con
su enorme pene dentro de mí, hasta que su cuerpo toca el fondo contra mi
pequeña pelvis.
Después de varios minutos de esto,
Alejandro comenzó a cansarse y decidió dejar que yo hiciera parte del trabajo. Nos
dio la vuelta a los dos, con Alejandro ahora con su espalda sobre la cama. Con
su pene apenas dentro de mí, me miró a los ojos y dijo, “¿Te gustaría montar a
tu papi?”.
Entendí a qué se refería y me senté
a horcajadas sobre Alejandro. Me se incliné hacia adelante y bajé las caderas
sobre su pene. Con mis manos envueltas alrededor del cuello de Alejandro, yo
sacudí mis caderas hacia arriba y hacia abajo, empujando su pene más y más. Pronto
me enderecé. Sacudí mi cabeza de lado a lado. Con mi cabello negro volando
suelto ya después de tanto movimiento, me puse en cuclillas para seguir montando
arriba y abajo los 24 centímetros de carne de Alejandro y encontré que los
zapatos me facilitaron esto. Pasé a tener el control total de nuestro acto. Mi
cuerpo estaba saltando arriba y abajo como un pistón de motor. Alejandro hizo su
parte para mantener recta a esta mujer loca por el sexo. Él agarró mis senos y
los masajeó bruscamente. Él pellizcó mis pezones hinchados y duros, justo antes
de que fuera doloroso.
Ambos estábamos en un frenesí de
pasión violento. Por cada empuje hacia arriba de él, yo contraatacaba con una
fuerza descendente. Grité en el orgasmo cuando Alejandro disparó su semen
dentro de mí. Ambos nos tumbamos en su dulce abrazo durante unos minutos.
Mientras separamos nuestros cuerpos, Alejandro se bajó de la cama y se levantó.
Yo me levanté y me senté al borde de la cama, aun dentro del vestido. Agarré su
pene y comencé a lamer todo el semen restante. Inocentemente miré a Alejandro y
le pregunté, “¿Pasé la prueba, papi?”.
Alejandro, definitivamente
complacido, dijo, “Lo hiciste muy bien, Daniela. Me hace muy feliz ver todo lo
que aprendiste”. Mientras yo seguía sentada al borde de la cama, me di cuenta
de algo. Habían pasado unos cinco minutos desde que Alejandro había eyaculado,
pero su pene todavía estaba en plena erección. “Papi”, pregunté, curiosamente, “dijiste
que el pene de un hombre se pondría flácido poco después de eyacular. ¿Por qué el
tuyo sigue tan duro?”.
Alejandro respondió, “Bueno,
Daniela, eso es porque tomé unas pastillas hoy. Esas pastillas pondrán mi pene
duro como piedra incluso después de que acabe muchas veces”. Yo en ese momento
estaba más que curiosa, así que pregunté, “¿Por qué querrías seguir duro
durante tanto tiempo, papi?”.
Alejandro mira profundamente a mis
ojos una vez más. Dijo, “Eso es porque es hora de tu tercer y último examen.
Ahora sube de nuevo a la cama y muéstrame ese pequeño culito apretado que
tienes”. Miré momentáneamente el enorme trozo de carne de Alejandro. Levanté mi
brazo e hice un puño con la mano. Miré hacia arriba y hacia abajo desde el codo
hasta mi puño. Aunque no era tan grande, mi mente vio poca diferencia de tamaño
entre la longitud y el ancho de mi brazo con puño y el palpitante pene cargado
de venas de 25 centímetros de Alejandro.
Me giré lenta y tímidamente y me
arrastra de nuevo hacia la cama. De rodillas, bajé la cabeza y el pecho sobre
la cama. Mi pequeño y firme culo apuntaba alto en el aire y se dirigía
directamente hacia Alejandro. Levanté la vista desde un lado y dije dulcemente,
“Por favor, no seas duro conmigo, papi”. Alejandro se movió detrás de mí. Todavía
de pie, se adelantó, levantó la falda del vestido y envolvió sus manos
alrededor de mis caderas. Él tiró, deslizándome más cerca de él, cerca del
borde de la cama. “No tengas miedo, Daniela. Voy a ser gentil. De hecho, no
haré nada que no te guste”.
Me recompuse y volví a poner la cara
sobre las sábanas de la cama. Alejandro se acercó a la mesita junto a la cama y
recogió una botella de lubricante. Lo abrió y procedió a transmitir una
generosa porción a lo largo de su falo. Luego vertió más a lo largo y ancho de
la superficie de mi ano. Él no perdió el tiempo y deslizó dos dedos
por mi trasero.
“Oh, papi”, chillé, “¡Oh, papi!”. Alejandro
siguió sondeando y luego deslizó un tercer dedo. Solté suaves gemidos y demostré
estar disfrutando. Alejandro quitó sus dedos y agarró el extremo de su pene. Él
frotó la cabeza en la entrada de mi culo y la empujó firmemente. Mis apretados
músculos del esfínter apenas estaban cediendo a su penetración. Con la cabeza
de su pene firmemente sujeta dentro de mí, Alejandro comenzó a acariciar lenta
pero metódicamente 10 centímetros de su pene en mi culo apretado.
“Umm, Umm,
Umm”, salió de mi boca. Alejandro habló, “Daniela, quiero que te metas mi pene”.
Alejandro se paró en el suelo con firmeza mientras yo deslicé mi trasero de un
lado a otro sobre su pene. También me las arreglé para empujar dos o tres
centímetros más de él dentro de mí.
Volví a
mirar a Alejandro con los ojos completamente abiertos y le pregunté, “Papi,
¿cuánto de tu gran pene tengo que meterme en el poto?”. Alejandro extendió la
mano y la sujetó firmemente de mis caderas y continuó conduciendo. “Me imagino que,
si tomas 20 centímetros, casi completita, lo habrás hecho bien”.
Traté de
aflojar mi trasero para poder pasar esta prueba. A cinco minutos de penetración
anal, me acerqué a mi orgasmo anal. “Oh, sí”, grité, “¡Oh, sí, OOOHHHH SIIIIIII!!!
¡¡¡¡¡Si si SI SI SI!!!!!”. Mi orgasmo logró enderezar mi cuerpo. Llegué al
clímax mientras me empujaba sobre mis manos. Estaba completamente satisfecha,
pero Alejandro continúa conduciendo 20 centímetros de pene dentro y fuera de mí.
Hice una pausa y miré a Alejandro, “Ya me hiciste acabar, papi. Está bien si paras
ahora”. Al ver sus ojos me di cuenta de que tenía una mirada rara y enloquecida. Alejandro gruñó, “No hasta que me
corra también. Tu poto está súper apretado”.
Volví a recordar vagamente parte del
‘entrenamiento’, le pregunté, “Pero, papá, pensé que me habías dicho que un
hombre no puede eyacular de nuevo por veinte minutos”. Hice rápidamente los
cálculos en mi cabeza, “Eso significa que no pararás al menos en unos diez
minutos...”. Alejandro interrumpió y con un gruñido bajo dijo, “Así es,
Daniela, unos 10 minutos más. Ahora comienza el verdadero desafío”.
En ese momento tuve una mirada de preocupación
en mi rostro. Tragué saliva y solté un suspiro de preocupación. Alejandro agarró
mis caderas con fuerza y deslizó el resto de su pene profundamente en mi
trasero hasta que sus bolas descansaron sobre mis nalgas. Mi espalda se puso
rígida y mi cuello y cabeza se estiraron en el aire. Estaba totalmente sin
palabras cuando comenzó a meter y sacar de su pene de mi pequeño culo. Los
únicos sonidos que estaba haciendo eran gemidos y gritos de éxtasis.
Finalmente logré algunas palabras, “Ohhh
papi. Por favor, tu pene es tan grande. ¡Por favor no! Papi, por favor para.
Por favor no más”. Alejandro estaba sordo a mis palabras mientras entraba y salía
furiosamente de mi trasero. Pronto se agotó. Él avanzó y se acostó encima de mí.
Él separó mis piernas y continuó golpeando su pene profundamente dentro de mí,
mientras me sostuvo plana sobre la cama. Mis súplicas de piedad fueron
desconocidas por sus feroces deseos sexuales. Este loco golpe continuó por lo
que pareció una eternidad.
De repente, sentí una ola de energía
masiva corriendo por mi cuerpo. Me agaché entre mis piernas y metí dos dedos
profundamente en mi sexo. Me acerqué a un orgasmo de inmensas proporciones.
Bombeé febrilmente mi trasero hacia los empujes de Alejandro. “Oh, Sigue así, papi.
A la mierda mi culo Me voy a venir de nuevo. Por favor, hazlo conmigo, papi. Apúrate,
por favor hazlo conmigo. ¡Ohh, ohhh, OOOOHH, ¡¡¡¡AAAAAAAAAAAHHH!!!!”, grité.
Todo mi cuerpo se estremeció debajo de él y de repente se puso flácido.
Alejandro ahora se puso rígido
mientras descargaba su carga hasta el fondo de lo que él pensaba era mi culo
virgen. “Urrrgggghhhhh”, gimió con un sonido gutural. Alejandro se derrumbó
sobre mi espalda, con su pene aún enterrado hasta la base. Pronto recuperó el
aliento y lentamente retira su pene hinchado de mi culo. “Entonces, ¿te gustó
eso?”, preguntó mientras me miraba. Yo daba la impresión de haberme desmayado
por el placer. Él comenzó a sacudir mis hombros. “¿Estás bien, Dani?”, preguntó.
Mis ojos se abrieron de repente y me
di la vuelta, “¡Eso fue mucho, mucho, mucho más de lo que esperaba, papi!
Realmente me diste algo que nunca olvidaré”. Alejandro sonrió, “Que bueno,
Dani. Con esto terminamos tus exámenes, pero si quieres algo aún más especial,
tengo algo preparado para ti”. Esa declaración en realidad me causó mucha
curiosidad, la cual no oculté. “¿Qué tienes preparado para mí?”, pregunté. Se
levantó de la cama, fue a un cajón en el mueble que había junto a la cama y de
él sacó un frasco de líquido transparente y un pañuelo blanco. Impregnó el
pañuelo con el líquido y lo acercó a mí. “Huélelo si aún quieres lo que tengo
preparado”, dijo mientras extendía el pañuelo hacia mí. Mi curiosidad pudo más
y accedí, me acercó el pañuelo a la cara e inhalé profundamente. Me extrañó no
percibir algún aroma, así que volví a olfatear el pañuelo. Miré en sus ojos
antes de caer sobre la cama. Empecé a sentir una sensación de hormigueo en los
labios. Mi audición comenzó a cambiar,
como si estuviera bajo el agua o en un túnel. No fue rápido, sino que se sintió
bastante lento. Mi percepción del tiempo probablemente estaba sesgada porque sentí
que mi ritmo cardíaco estaba disminuyendo y mi cerebro probablemente no recibía
suficiente oxígeno, por lo que se estaba ‘apagando’, pero para mí, parecieron
que 20 a 40 de tratar de escuchar a Alejandro. Sin poder lograr entender una
sola palabra. Ya sin escuchar, intenté levantar mis brazos, los que encontré
sumamente pesados como para poder hacerlo. Finalmente, mis párpados también se
sintieron pesados. Luché para evitar que se cerraran mis ojos, pero todo
intento mío fue inútil y perdí esa batalla mientras mis ojos se giraban hacia
arriba tanto como podían. Oscuridad fue todo lo que vi mientras sentí como mi
respiración se hacía cada vez más lenta y finalmente desaparecí.
Cuando desperté me encontraba abierta completamente de piernas y
con el cuerpo pesado sobre la cama. Sentí un inmenso cansancio a pesar de saber
que estaba recién despertando. Al tratar de recomponerme sobre la cama sentí
que algo llenaba mis orificios inferiores, fue aún mayor mi sorpresa cuando
descubrí que esa sensación ligeramente placentera era producida por dos dildos
que yo antes había visto durante el ‘entrenamiento’. Con un poco de esfuerzo, pujé
y pujé hasta que retiré el primero, el de mi vagina, fuera de mí y mientras que
este salía, lo acompañó un rio de líquido blanco, brillante y viscoso que fluyó
de mí. Cansada me recosté nuevamente sobre mi espalda en la cama y cerré los
ojos.
Al volver a despertar me encontré nuevamente en la posición en
que me había dormido antes, pero esta vez sin los dildos que antes me llenaban.
No me cuestioné si lo que creí ver antes fue un sueño o realidad, pero aún sin
ellos llenándome al intentar sentarme en la cama sentí un cosquilleo nuevo
dentro de mí que me lo impidió a cada intento. Grité para que Alejandro fuera a
ayudarme, él respondió en segundos y entró a la habitación con una sonrisa en
su rostro.
Alejandro extendió sus brazos y me
tomó de las manos, levantándome suavemente de la cama. “Ven conmigo, Daniela”,
dijo. Nos llevó a los dos desnudos a la sala de estar. Mis piernas temblaban
aún, pero yo sabía que era por todo el placer que él me había hecho sentir. “Oh
papi”, dije brillante de orgullo, “este es el día más maravilloso de mi vida.
¿Cómo puedo agradecerte todo lo que me has hecho sentir?”. Salté hacia adelante
y envolví mis brazos y mi cuerpo desnudo alrededor de él. Le di un beso
profundo y apasionado mientras apreté mis caderas contra él. Alejandro alcanzó con
sus manos detrás de mí y me agarró los glúteos, frotando su pene todavía duro a
lo largo de mi sexo. Mientras rompíamos nuestro abrazo, Alejandro miró una vez
más en mis ojos y dijo, “No, Daniela, soy yo quien debería agradecerte”.
Ambos regresamos a la habitación,
después de eso me acompañó a la habitación en que me desvestí y me ayudó a
quitarme el vestido, para volver a ponerme la ropa con la que había llegado a
su casa horas antes.
“Daniela, quiero que vengas a mi
casa el sábado, tengo algo en mente que estoy seguro que te gustará”, dijo con
un tono de misterio. “¿Qué sería eso que tienes en mente?”, pregunté curiosa.
“Es una sorpresa, después de lo que vivimos hoy, estoy seguro que te gustará”,
dijo sonriendo. “¿Puedo venir mañana a verte?”, pregunté con algo de timidez
mientras me terminaba de vestir. “Mmm creo que es mejor esperar hasta el
sábado, t mami empezaría a sospechar si no me junto con ella todos los días
como siempre, ¿No te molesta que me junte con tu mamá?”, preguntó. Yo no sabía
qué responder, no sabía qué pensar. Incluso el tema de Carlos había perdido
importancia después de haber disfrutado de horas de sexo incestuoso. “No me
molesta, papi. Siempre y cuando sigas enseñándome cosas ricas”, respondí
alegremente con una sonrisa de oreja a oreja. Alejandro respondió felizmente, “Cuando
quieras, Daniela, en cualquier momento. Algún día podríamos hacer un taller de
sexo avanzado. Varios días, en mi casa.”. Mis ojos iluminaron y dije, “Me
gustaría mucho, papi”. Habiendo dicho eso, me acompañó a la puerta de su casa,
nos despedimos y antes de alejarnos le di un apasionado y profundo beso.
Mientras mi lengua danzaba dentro de su boca, mi mano acarició y apretó
firmemente la erección que se hallaba dentro de su pantalón. Sin darme cuenta
la escena era idéntica a la que vi de mi madre saliendo de su casa hace algunos
días.